martes, 25 de noviembre de 2014

La batalla de Aboukir (1,2/08/1798), según Jacques Benoist-Méchin

"A fines del mes de abril, el gobierno británico, alarmado por la amplitud de los preparativos a que se entregaba la República Francesa en la región de Toulon, ordenó a Nelson "buscar las fuerzas francesas antes de que se adentrasen en el mar y, una vez frente a ellas, atacarlas, hundirlas y quemarlas".
Sir Horacio Nelson (1), que había perdido un ojo en Calvi y un brazo en Cádiz (2), ambos del lado derecho, era el marino más famoso de su época. Tenía una confianza inquebrantable en su buena estrella. "La Providencia me guía siempre adonde necesitan de mi", acostumbraba a decir. Pero en aquellos meses de junio y julio de 1798 la Providencia, al parecer, debía de estar pensando en otra cosa, pues la mala suerte no había cesado de encarnizarse en él.
Cuando Bonaparte saliera de Toulon, la mañana del 19 de mayo, Nelson se encontraba al norte de Cerdeña. El 11 de junio, en el momento en que Malta capitulaba, la flota británica costeaba Italia.
El 21 de junio, cuando las fuerzas del almirante Brueys se hallaban a tres días de La Valetta, Nelson zarpaba de Mesina para Alejandría. Cuando llegó allí, al atardecer del 28 de junio, no encontró a nadie. Decepcionado, se dirigió a Rodas, y de allí a Creta.
Este papel de lebrel de los mares comenzaba a exasperarle. Le habían dado orden de echar a pique a la flota francesa antes de que abandonase Toulon, y la había dejado salir. Le habían conminado a que la interceptase en el Mediterráneo, y la había dejado escabullirse. Si no la destruía antes de que llegase a su destino su carrera se habría malogrado para siempre.
Después de volver a Siracusa para repostar de víveres y agua la flota se dedicó a cruzar el mar Jónico. Allí, por primera vez, le sonrió la suerte. A la altura del litoral griego Nelson capturó un barco francés, por el que se enteró de que el ejército de Bonaparte había desembarcado en Egipto. Esta vez sabía a qué atenerse y dio orden de hacerse a la vela rumbo sur.
Ya avanzada la tarde del 31 de julio de 1798 un vigía francés vio aparecer en el horizonte, destacándose en un cielo rojo, las altas siluetas de los navíos ingleses; casi al mismo tiempo Nelson divisó delante de él una masa oscura agrupada en la bahía de Abukir. Era al fin la presa que buscaba afanosamente desde hacía tanto tiempo.
La posición de Brueys era muy fuerte. Sus buques anclados formaban un semicírculo bajo la protección de la ribera y de un banco de arena impracticable para los navíos de alto bordo. Podía pues, muy justificadamente, creerse al abrigo de cualquier ataque: salvo por su flanco derecho, que era el que se volvía hacia alta mar.
Pero Nelson estaba decidido a mostrar audacia. Al atardecer del 1º de agosto de 1798 numerosas banderas fueron izadas al mástil del Vanguard, buque almirante que enarbolaba la insignia de Nelson. Las banderas ordenaban: "Atacad el centro y la vanguardia del enemigo".
Al ordenar esta maniobra, Nelson quería concentrar la acción de los catorce buques ingleses sobre los siete primeros navíos franceses, de suerte que cada uno de ellos tuviese que enfrentarse con dos adversarios a la vez. El ataque debía dirigirse contra el costado de los franceses que daba cara al mar a fin de no encallar en los bajíos.


Wikipedia Commons. Esquema táctico de la Batalla del Nilo. Se reflejan las posiciones
y los movimientos de los barcos en esta batalla. Los buques ingleses están en rojo y los
franceses en azul. Basándose en un mapa de inteligencia de John Keegan, 2003,
ISBN 0091802296.

"¡Libertad de maniobra!", ordenó el Vanguard. El Goliath, mandado por el capitán Foley, se precipitó a toda vela hacia adelante. A las seis y media, en el momento en que el sol se hundía en las aguas, sus cañones dispararon la primera andanada.En aquel preciso instante el capitán Foley vio algo que le dejó estupefacto. La boya del ancla del navío francés que se hallaba la cabeza -el Guerrier- no se encontraba del lado del mar, sino que flotaba entre el buque y el bajío. Había pues aún profundidad suficiente entre la flota francesa y el banco de arena, ¡y allí donde un navío francés podía estar fondeado, uno inglés podía pasar! Comprendiendo inmediatamente lo que aquello significaba, Foley, obrando por propia iniciativa, desvió el rumbo del Goliath y lo dirigió hacia el interior de la línea francesa. Dos buques ingleses le siguieron y se introdujeron entre la flota francesa y el banco de arena. Como los otros barcos ingleses atacaban por el exterior, la vanguardia y el centro franceses se encontraron cogidos en una pinza.
Entonces estalló el trueno de mil cañones disparando a la vez. En los navíos ingleses se escobillonaban, se cargaban los cañones, se atacaba la carga, se ponían las mechas, y los cañonazos retumbaban a un ritmo rápido y regular. También desde los barcos franceses disparaban. Pero su fuego parecía más lento y más intermitente. Por el costado del bajío los puentes de los navíos franceses estaban llenos de bagajes y de material que estorbaba la maniobra, pues Brueys no esperaba haber sido atacado por su izquierda.
Aunque hubiera caído la noche, el combate proseguía, violento y encarnizado. El cielo estaba estriado de relámpagos: A las ocho y media los primeros barcos franceses, desarbolados, arriaron su bandera. Casi en el mismo instante un bote de metralla lanzado por el navío francés, el Spartiate, cayó sobre el alcázar del Vanguard, donde Nelson estaba estudiando un plano de la bahía. Un fragmento de metralla le arañó la frente, desprendiéndole un triángulo de carne que tapó su único ojo válido. Cayó cegado, con el rostro chorreando sangre. El capitán Berry, su ayudante, le levantó y le llevó, ayudado por un marinero, al puesto donde se curaba a los heridos. Allí recobró lo bastante el conocimiento para decir al cirujano que se acercó a él para curarle en primer lugar:
-¡No! Cuando me llegue el turno después de los valientes.
En el estrecho entrepuente que servía de enfermería hacía un calor sofocante. Los heridos y los muertos se amontonaban unos sobre otros en camastros empapados de sangre. Los gemidos y los gritos de los hombres a quienes amputaban algún miembro se mezclaban al rugido de los cañones que tronaban por encima de sus cabezas. El cirujano y sus ayudantes, con los brazos ensangrentados hasta el codo, no se daban punto de reposo en manejar sus sierras y sus cuchillos relucientes.
Cuando le tocó el turno al almirante, este, impresionado por el espectáculo que le rodeaba, estuvo a punto de volver a desvanecerse.
-Transmitid mi último recuerdo a lady Nelson -dijo al cirujano con voz moribunda.
El cirujano le reanimó, le vendó, le aseguró que su herida no era mortal y le hizo llevar a popa, al pañol de las galletas, para sustraerle a las miradas de los marineros.
Entretanto, los navíos ingleses, uno tras otro, desfilaban disparando a lo largo de la línea francesa. Por fin llegaron a la altura del buque almirante Orient, que tenía una tripulación de más de mil hombres. Andanada tras andanada desgarraron sus costados macizos. Seis barcos ingleses disparaban al mismo tiempo contra él. Tres de sus chalupas, arrumadas en el puente, ardieron como antorchas. Poco después de las nueve empezaron a surgir llamas a popa. Se las sofocó un instante, pero reaparecieron en el centro del navío y empezaron a lamer la santabárbara. En aquel momento, el almirante Brueys cayó segado por un obús en su puesto de mando. Entonces resonó un grito terrible:
- ¡Sálvese el que pueda!
Temiendo no poder abandonar a tiempo el navío condenado, los hombres se arrojaron al agua. Después de unos momentos de espera que parecieron interminables llegó el fin: un estruendo ensordecedor estremeció a todos los buques de alrededor y, como un volcán en erupción, el infortunado Orient voló hecho añicos, proyectando a cien metros de altura cadáveres destrozados y restos humeantes. Eran las once de la noche. Hubiérase dicho que esta catástrofe había sobrepasado las fuerzas humanas, pues el furor del combate se apaciguó de pronto. Un silencio de muerte cayó sobre la bahía de Abukir. Todas las tripulaciones, amigas y enemigas, se quedaron petrificadas.
Nelson, que seguía tendido en el pañol de las galletas, había recobrado el conocimiento. Intrigado por el silencio que reinaba a bordo del Vanguard se preguntaba qué es lo que sucedía cuando el capitán Berry vino a anunciarle el trágico fin del Orient. Al enterarse de esta noticia, Nelson se incorporó. Haciendo acopio de todas sus fuerzas y saboreando su triunfo pidió a Berry que le ayudase a subir al puente. Oficiales, marineros y soldados permanecían, mudos de estupor, a lo largo de la borda. Una especie de tregua tácita se había pactado entre las flotas enemigas, y, por orden de Nelson, la última lancha intacta del navío almirante inglés fue botada al mar para salvar a los supervivientes que pudieran quedar entre los restos del Orient.



Durante diez minutos callaron los cañones. Luego un navío francés más obstinado que los otros largó una andanada por bravata... Era el Franklin. Entonces, lentamente, se reanudó la gigantesca sinfonía de la batalla.
Toda la noche los navíos franceses de retaguardia, mandados por el almirante Villeneuve, se batieron a la desesperada. Vergas, aparejos, mástiles estaban destruidos; sus cascos, acribillados de obuses, hacían agua por todas partes. Uno a uno fueron arriando el pabellón. Una pálida aurora despuntaba sobre África mientras se perdía el eco de las últimas detonaciones.
Ya estaba la mañana bastante avanzada cuando una nueva explosión desquició los nervios de los combatientes, rudamente puestos a prueba por quince horas de batalla. Era el Artémise, que acababa de volar.
Únicamente el Généreux y el Guillaume-Tell, acompañados de dos fragatas que llevaban a bordo a los almirantes Decrès y Villeneuve, consiguieron escapar, ya muy avanzada la tarde. Otros diez, destrozados, enarbolaban bandera blanca; cinco en fin, con cuatro mil franceses, yacían en el fondo de la bahía, allí donde los cangrejos ciegos correteaban sobre las vigas enmohecidas de las galeras de Cleopatra.
Los ingleses habían perdido, entre muertos y heridos, menos de novecientos hombres. Pero para Francia la batalla terminaba con un desastre irreparable. La flota de Egipto había sido aniquilada.
Al día siguiente Nelson, con la frente cubierta por un grueso vendaje, hizo celebrar un servicio de acción de gracias en el puente del Vanguard. Luego, después de haber cumplido sus deberes para con el Señor, cogió la pluma y escribió a lord Hamilton, embajador de Su Majestad Jorge III en el reino de Nápoles: "El Todopoderoso ha hecho de mí el afortunado instrumento de la destrucción de la flota enemiga, lo que, espero, será un beneficio para Europa. He interceptado todos los despachos enviados por Bonaparte a Francia. Su ejército está metido en un avispero y ya no saldrá de él."

Bonaparte se disponía a reanudar la persecución de Ibrahim cuando el ayudante de campo de Kléber vino a traerle la noticia del desastre de Abukir. Este oficial había salido de Alejandría el 2 de agosto, pero los caminos eran tan poco seguros que había necesitado once días para recorrer las treinta y cinco leguas que separaban la capital del Bajo Egipto del cuartel general. Bonaparte comenzó por leer el informe que le enviaba el contraalmirante Ganteaume. Una vez terminada su lectura se llevó aparte al enviado de Kléber y le pidió detalles de viva voz. Se enteró así de que Brueys había muerto; que Villeneuve y Decres habían logrado huir; que de los ocho mil hombres de tripulación apenas tres mil habían logrado ganar la costa. Todas las comunicaciones entre Egipto y Francia estaban cortadas: correo, abastecimientos, subsidios, refuerzos, nada llegaría ya. Al irse a pique, el Orient había arrastrado al fondo del mar todos los tesoros cogidos en Malta que se acumulaban a bordo: seiscientas mil libras en lingotes de oro y en diamantes que iban a servir para ganarse a los beyes recalcitrantes y para acuñar una nueva moneda.
En un instante Bonaparte midió toda la extensión del desastre. Y, sin embargo, no se crispó ni un solo músculo de su cara. Cuando el ayudante de campo de Kléber terminó su relato el general se concentró un instante. Luego comunicó la terrible noticia a su estado mayor. Berthier, Lannes y Murat se quedaron aterrados, y preguntaron con angustia al general en jefe :
-¿Qué va a ser de nosotros ahora que ya no tenemos escuadra?
-¿Que no tenemos ya escuadra? -les respondió Bonaparte- . ¡Pues bien, hay que quedarse en estas comarcas o salir de ellas con la grandeza de los Antiguos!
Inmediatamente ordenó a Reynier que permaneciese en Salheyeh y que fortificase la plaza en previsión de una reacción ofensiva de lbrahim. Envió al general Dugua a Mansura, con las mismas instrucciones. Después dio orden al ejército de dar media vuelta y regresó precipitadamente a El Cairo con el resto de sus tropas. Ya no tenía importancia perseguir a Ibrahim: lo esencial era atenuar el efecto moral que aquel desastre podía haber hecho en la población y en el ejército."




(1) Nelson era un genio nervioso y neurótico. Estuvo inmerso en una historia de amor con Lady Emma Hamilton, esposa del embajador británico en Nápoles - un ejemplo de mala conducta que en los últimos tiempos le podría haber llevado ha ser destituido. A veces Nelson tenía tendencia a desobedecer órdenes - su acto más famoso de desobediencia había llevado a la victoria británica en el cabo de San Vicente el 14 de febrero de 1797.
(www.historynet.com/battle-of-aboukir-bay.htm)

(2)El famoso marino perdió su brazo en un ataque fracasado a Santa Cruz de Tenerife, no en Cádiz.



Fuente: Bonaparte en Egipto, Benoist-Méchin, Jacques, Selecciones del Reader's Digest. Colección 'Biblioteca de Selecciones. Libros Escogidos', 1970.

2 comentarios:

  1. Muy bien redactado este hecho histórico. Gracias por tu contribución.

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    1. Gracias, Luis, bienvenido al Rincón de Byron.
      El mérito es del autor, Jacques Benoist-Méchin, en su "Bonaparte en Égypte", que Selecciones tradujo en 1970. Estos raros libros que uno encuentra perdidos en las librerias de bajo coste.
      Un saludo,

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