jueves, 4 de diciembre de 2014

Napoleón en Egipto, de Paul Strathern


1798. Napoleón invade Egipto con 335 naves y 40.000 hombres en lo que se supone la mayor operación anfibia realizada hasta la fecha. Con su «legión cultural» formada por casi 150 científicos, matemáticos, artistas y escritores, Napoleón pretendía llevar la civilización occidental al «retrasado Egipto». Aislado de Francia tras la destrucción de la flota francesa por parte de Nelson en la batalla del Nilo, su «sueño oriental» no tenía ya ningún impedimento. Napoleón planeaba seguir los pasos de Alejandro Magno e invadir la India, donde haría realidad su plan secreto de fundar un imperio oriental con una cultura independiente desarrollada por los jóvenes intelectuales franceses. Irónicamente, lo que estos intelectuales descubrieron en Egipto transformó su idea de la civilización occidental y sentó los fundamentos de la egiptología. Napoleón tenía 28 años cuando invadió Egipto y su ambiciosa aventura no supuso más que un presagio de hechos posteriores: las épicas victorias militares, su autoproclamación como Emperador, la introducción del Código Napoleónico, incluso su retirada en Moscú y el abandono de su ejército. (Contraportada del libro)





Un elemento central en el sueño de Napoleón era la creación de un Instituto de Egipto en El Cairo, siguiendo el modelo del Instituto de Francia en París. El instituto fue fundado el 22 de agosto de 1789, siendo su primer presidente el famoso matemático francés Gaspard Monge. Se iniciaron unos intercambios culturales con el pueblo egipcio, algunos con escaso éxito, uno de las cuales consistió en una idea del propio Monge:
 

“Monge decidió adoptar un acercamiento más positivo a este abismo cultural e intentó ganarse la simpatía de los egipcios encantándolos con la música. Formó una orquesta con los músicos que se encontraban entre los sabios y las bandas regimentales, que debía reunirse en la plaza Ezbekiyah y tocar para el público. Esto atrajo muy pronto una gran multitud. En primer lugar, Monge le pidió a la banda que tocase una serie de melodías sencillas pero no obtuvo la más mínima respuesta de la audiencia. Después lo intentó con algunas marchas militares, seguidas de una serie de fanfarrias conmovedoras, «pero en vano, durante este concierto magnífico todos los egipcios permanecieron totalmente, impasibles, tan inmóviles como las momias en sus catacumbas». Monge se exasperó y girándose hacia los músicos exclamó: «No son dignos del esfuerzo que estáis haciendo. Tocadles "Marlborough"(1), eso es todo lo que se merecen». Según el contemporáneo y biógrafo de Monge, Arago, cuando la orquesta atacó esta canción, «inmediatamente miles de personas se empezaron a animar y una oleada de alegría recorrió la multitud. En pocos instantes jóvenes y viejos formaron una muchedumbre y empezaron a bailar con una alegría febril». Monge se sintió intrigado por este resultado y repitió el experimento en numerosas ocasiones, siempre con el mismo resultado. Lo intentó tocando piezas de Haydn y de Mozart, sin ninguna reacción; pero en cuanto la orquesta atacaba los acordes sentimentales de «Marlborough», la multitud se volvía loca. Al final llegó a la conclusión de que esto sólo demostraba la completa falta de gusto de los egipcios. Sencillamente no estaban preparados para apreciar nada tan civilizado como la música occidental, excepto en sus formas populares más sencillas.
Unos años después empezó a emerger la realidad tras este peculiar episodio y se demostró que Monge estaba equivocado.

Un musicólogo francés del siglo XIX descubrió que la melodía de «Marlborough» se basaba de hecho en una canción árabe de la Edad Media que había llegado a Europa en el siglo XIII con los soldados que regresaban de la cruzada de Luis IX, y se pensaba que explicaba la historia de un legendario mestizo francoárabe llamado Mabrou (2). Posteriormente el nombre del gran general inglés Marlborough, que había derrotado a los franceses reemplazó por alguna razón al del oscuro Mabrou; aunque según Arago esto «sólo ocurrió a causa de un gran error». En cualquier caso resulta evidente que los egipcios sabían con toda seguridad el tipo de música que les gustaba: la suya.”

1. Una canción popular en las tabernas de París.
2. En España se convirtió en la popular canción infantil «Mambrú se fue a la guerra»


Como se ya se acercan las fiestas navideñas podeis autoregalaros (o pedirlo a los Reyes) este magnífico libro de Paul Strathern, "Napoleón en Egipto", que es una de las descripciones más amenas y exhaustivas sobre la aventura del entonces joven general corso en tierras del Nilo. Desde los preparativos de la expedición (donde se prohibió que se embarcaran mujeres, medida seguida con escaso éxito), la multitud de científicos que se aventuraron en el proyecto, la conquista de Malta, el juego de persecución a lo gato y el ratón con Nelson que no daba ni por asomo con la expedición de la flota francesa, el desembarco de la expedición y las posteriores batallas con los mamelucos de Murad Bey (la de Pirámides como la más recordada), la derrota de la flota en Aboukir, todos los estudios científicos, tecnológicos que se llevaron a cabo (hasta un proyecto de lo que sería el futuro canal de Suez), concluyendo con la fallida expedición contra Acre y el penoso retorno de las tropas a el Cairo entre miseria y epidemias. El retorno del corso a Francia ya es historia (algo parecido a lo que pasó en Rusia en 1812), como la subsistencia de las tropas francesas en Egipto hasta su repatriación por los ingleses, que se quedaron entre otras cosas con la famosa piedra Rosetta.
Si os van las aventuras militares exóticas -que ésta lo fué y mucho- os recomiendo encarecidamente su lectura


Fuente: "Napoleón en Egipto"- Paul Strathern, Ed. Planeta, S.A., Barcelona, 2009

No hay comentarios:

Publicar un comentario