domingo, 5 de julio de 2015

Reencuentros. Finally facing my Waterloo (I)

INTRODUCCIÓN

Waterloo. Una localidad más en el mapa de Bélgica, a unos 18 km al sur de su capital, Bruselas.

Hace doscientos años, los campos próximos a esta localidad vieron el cruento choque entre dos bandos antagónicos: por una parte, las tropas al mando de Napoleón I, emperador de los franceses y sin duda uno de los mejores estrategas de la historia, a la altura de César o Alejandro Magno; por otra parte, las tropas anglo-neerlandesas, belgas y alemanas al mando del Duque de Wellington, digno sucesor de Marlborough y posiblemente uno de los mejores generales que ha dado Inglaterra (1) y las tropas prusianas al mando del Mariscal Blücher, que si bien no estaba a la altura como estratega de los anteriores era una fuente de inspiración y valor para sus hombres.



  
El resultado final es conocido por todos. El choque previo en Quatre-Bras y la pírrica victoria francesa en Ligny no impidieron la posterior unión entre los dos contingentes aliados contra las mismas tropas francesas dos días más tarde en Waterloo. La poca o nada inspirada dirección de la batalla por parte de los mandos franceses (Napoleón incluido), la tenacidad y resistencia de las tropas al mando de Wellington durante la jornada y la tardía y decisiva irrupción de los prusianos por la tarde en el flanco derecho de Napoleón decidieron la batalla, la campaña y sellaron definitivamente el destino del corso.



LA VISITA

Como decía la letra de la canción de Abba, doscientos años más tarde nos desplazamos hasta Waterloo para visitar los mismos campos, los museos temáticos ubicados en ellos, asistir a una de las dos recreaciones de la batalla al día siguiente y, en definitiva, afrontar nuestro reto particular.



Llegados en tren hasta la localidad de Braine-l’Alleud (en Waterloo sólo paraban los trenes IR, uno cada hora, y como suele suceder, no era el nuestro) comenzamos la primera pateada del día, unos 6 km, primero hasta el cruce de las carreteras de Chaseau de Nivelles con la N5 y luego siguiendo hasta la villa de Waterloo, salpicados por una fina llovizna matinal que quizás quería rememorarnos las condiciones de tan célebre enfrentamiento.






Algunos de los soportes publicitarios promocionales - con Lego incluido- y un poste indicador de las distancias.




El primer museo que visitamos fue el antiguo cuartel general de Wellington en Waterloo hoy transformado en el Musée Wellington. En 1815, la posada de Bodenghien, un edificio que data de 1705, fue elegido por el Ejército británico como sede de todo el su estado mayor. El Duque de Wellington, comandante en jefe de los ejércitos aliados, se alojó en él las noches del 17 y 18 de junio de 1815 (2). Una vez acabada la batalla tras la derrota francesa, el Duque escribió un comunicado informando de la victoria al Gobierno Británico.
El edificio de dos pisos alberga la habitación del Duque de Wellington, la sala francesa, prusiana y la holandesa, con un variado repertorio de uniformes, objetos y armas de época, como un cañón procedente de la batalla. (3)


Museo Wellington, en el centro histórico de Waterloo

Cañón original capturado.


Anagrama con la N napoleónica


Placa conmemorativa dedicada a "los oficiales y
hombres del 2º batallón que murieron defendiendo
 esta granja, 18 de junio de 1815" del 3er regimiento
 de los Guardias a pié
Otra placa conmemorativa.


Posteriormente cogimos un bus que nos dejó cerca del cruce del que partimos previamente, y emprendimos otra pateada (unos 5 km más, parece mentira lo que cuesta avanzar unos centímetros en un plano) hasta el Cuartel General de Napoleón, en la Ferme du Caillou. El Hameau du Lion lo tuvimos que dejar para la tarde, ya que no se podía visitar ese día por la mañana (*).




Por el camino, entre los múltiples monumentos de recordatorio diseminados por el campo, nos topamos con el erigido "AUX DERNIERS COMBATTANTS DE LA GRANDE ARMEE, 18 JUIN 1815", con el aguila derrotada y caída junto con una pequeña placa recordando a los soldados polacos luchando por el contingente francés.


Carteles señalizadores y una flecha señalando el camino al último cuartel general de
Napoleón.
La granja-museo de Le Caillou, al lado de la carretera N5.


Más pequeño, que el museo de Wellington, la granja de Caillou tiene unas pocas habitaciones y paneles explicativos. Supongo que tras ver el de Wellington supo a poco, lo cual me lleva a pensar si el resultado de la batalla hubiera sido distinto también se vería reflejado en los respectivos museos pero no deja de ser una mera conjetura. Trajes de época y el Emperador en persona con su estado mayor en el jardín no eran objetivos desdeñables así que unas instantáneas para inmortalizar el momento.
 
 

La tienda del Emperador francés (**) con su estado mayor, en el patio de la granja, con profusión de bicornios emplumados y uniformes engalanados.

 




Sin duda, importantes despachos para el Emperador


Tras haber presentado nuestros respetos al Emperador cogemos un bus lanzadera que nos devuelve a nuestro punto de partida, cerca del plato fuerte de la jornada, el museo del Hameau du Lion, con el Butte du Lion, su montículo coronado con el león con ascensión incluida de 226 escalones(***) y su grandioso lienzo panorámico.

Una reproducción en maqueta de parte del campo de batalla en un edificio cercano al museo.






El museo, edificado por debajo del nivel del terreno y bastante bien estructurado, con gran profusión de reproducciones de uniformes y armamento de ambos contingentes, reproducciones de cuadros, y esquemas y representaciones de la batalla.













  







Una vez recorrido el museo subterráneo, se podía acceder a la panorámica de la batalla, de 360º pintada a principios del s.XX si no mal no recuerdo, que recoge entre otros el momento de la carga final de la caballería francesa sobre las tropas aliadas. A la entrada de dicha sala también se podía contemplar una maqueta de la granja de Goumont, o Hougoumont.
   

Fachada norte de la granja de Hougoumont.


Fachada sur de la granja de Hougoumont, objeto de los primeros ataques franceses.

 Dos fotografias de la panorámica de 360º:






El Butte du Lion, que permite tener una inmejorable panorámica del campo de batalla:



Esquema de la disposición de las tropas

Panorama del campo de batalla, desde la cima.

A eso de las 6 de la tarde concluimos esta primera jornada en Waterloo, tras una última pateada desde el Hameu du Lion hasta la estación del tren de Waterloo (otros 4 km y pico) y tras la vuelta en tren llegamos finalmente a Bruselas.





Un genuino ejemplar de jarra de cerveza kriek de cereza, en una callejuela justo al lado de la famosa y varias veces centenaria Grand Place de Bruselas. Un momento ideal para reponer fuerzas tras la dura jornada. Tras más de 20 años de mi primera visita, la espera mereció la pena.(****)
 

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(*) Lo ocupaban unos actos institucionales, desfile de autoridades, parlamentos, bla, bla, bla y un espectáculo final demasiado “moderno” para mi gusto. En fin… al menos así me lo pareció grabado y visto después en la televisión.
(**) El actor Frank Sampson, abogado de profesión, la verdad es que daba el pego. El primero de los dos días de la reconstitución de la batalla, tuvo el fino detalle de cabalgar hasta nuestras tribunas para saludarnos, tan lejanas de la acción principal que veíamos a los soldados/figurantes a una escala liliputiense y no exagero en absoluto.
(***) Como rezaba el panel explicativo, el Butte du Lion fue construido entre 1824 y 1826. Está dedicado a los soldados muertos el 18 de junio de 1815 y marca el lugar donde fue herido el Príncipe Guillermo de Orange, heredero al trono y comandante del I Cuerpo del ejército de Wellington. Una escalera de 226 peldaños lleva hasta la cima del montículo (41 m. de altura) desde donde se puede admirar el lugar de la batalla. El león protege el globo terrestre y simboliza la paz reencontrada en Europa.
Aparte una ventolera digna de la mejor tramontana durante su ascensión que hacía volar sombreros y gorras a la mínima. Lo digo por propia experiencia.
Se cuenta asimismo que cuando Wellington se enteró de la construcción del mismo, exclamó: “¡Me han estropeado el campo de batalla!”. En este punto le doy toda la razón.
(****) Evidentemente lo digo por la cerveza. La Grand Place parecía La Rambla de Barcelona en sus horas punta. Imposible hacer una foto sin cabezas de turistas por en medio, o paraguas-banderita de tour-operadores, terrazas de bares y vendedores ambulantes. Eso si, los edificios no tenían la mugre (la pátina, dicho finamente) de 20 años atrás.



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Fuentes:

(1) Wellington nació en Dublín (Irlanda) en 1769, curiosamente el mismo año que Napoleón.
(2) http://www.museewellington.be/the-museum/
(3) http://www.belgica-turismo.es/informations/atracciones-turisticas-waterloo-museo-wellington-de-waterloo/es/V/16783.html


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