jueves, 28 de diciembre de 2017

Miniatura. Second-Lieutenant Parquin, Chasseurs à cheval de la ligne, 1810

En nuestra entrada del 2 de junio de 2017 (Un brindis con oficiales britanicos) relatamos una de las múltiples anécdotas pertenecientes a las memorias de Denis-Charles Parquin, un parisino que sirvió durante las guerras napoleónicas en la caballería ligera del ejército francés (en el 13º y 20º regimientos de los cazadores a caballo) y posteriormente en los Cazadores a caballo de la Guardia, una de las unidades de élite del ejército y que normalmente se ocupaba de la guardia personal del propio Napoleón.

En dicha entrada ya describimos brevemente su biografía y sus memorias de las que os recomendamos su lectura si tenéis la menor ocasión(*). A pocos días para que finalice este año 2017, os traemos la descripción del proceso de transformación de un busto de un músico, para representar un Teniente segundo del 20º regimiento de cazadores a caballo de línea, inspirado, como no, en la figura del propio Parquin.

Tan sólo deseamos que disfruteis de la lectura de la entrada como nosotros lo hemos hecho pintando la figura y desearos, como no, para terminar una Feliz entrada del Nuevo Año 2018.


EL UNIFORME


Parquin según L.Sergent (1892)
20º Rgto., Oficial, 1812
Como suele suceder, es necesario consultar varias fuentes, ya que se dan varias versiones de los uniformes de los cazadores a caballo según su regimiento y época. A pesar que lo datamos el uniforme en el año 1810, coincidiendo con la estancia en España de Parquin, tomamos como una de las fuentes el reglamento del Mayor (más tarde coronel) Bardin de 1812. El anterior reglamento de uniformidad en el ejército francés databa de 1786. Bardin define para el uniforme del 20º Regimiento de Chasseurs à Cheval: "Uniforme, cuello, charreteras, solapas, adornos de mangas verdes. Rebordes de charreteras, Rebordes de solapas, rebordes de bolsillos, cintura y faldones, aurora. Bolsillos en los pliegues. Todos los botones son blancos y semiesféricos". Por tanto el uniforme será verde, el verde de los cazadores era "vert foncé", un verde oscuro, y el segundo color, o secundario, en combinación y que también era distintivo del regimiento era el aurora, un color amarillo anaranjado (según algunos un 80% rojo y un 20% amarillo). Estos colores también eran característicos del 19º y el 21º regimientos de cazadores a caballo.

Otro aspecto a tener en cuenta es la forma de la "flamme", la bolsa de color aurora que cuelga de la parte superior del colback hacia un lado y que modernamente siempre se representa con forma redondeada, y que Sergent y en algún otro dibujo consultado se representa con una forma en caida triangular, por lo que hemos optado por representarlo así. El color de las charreteras siempre lo veo de color blanco o similar y la borla superior del colback de color azul, como en la en la ilustración inferior.


  

Charreteras
El cuello del uniforme lo he visto en dos versiones, una primera de color aurora y reborde verde (ilustración superior derecha), y al revés, verde y borde aurora. Como en la regulación de Bardin es como esta última versión lo he dejado así. Por último comentar el dibujo de las charreteras en función del empleo que tenía Parquin en el año 1810, Second-Lieutenant o Lieutenant en second. Sólo he encontrado una fuente que lo definía y según el reglamento de 1786, por lo que también he considerado que era la versión más apropiada. 

Con todas las consideraciones anteriores hemos realizado el pintado de la figura aunque siendo conscientes que la versión "verdadera" del uniforme de Parquin de 1810 podría no ser esta, aunque por ganas de intentar reflejarlo no habrá quedado(**).


LA FIGURA


EL MODELADO

Comenzamos con la figura, un busto de J. Strauss (ó Strauß) comprada en una tienda de manualidades por unos 16 €. Empezamos con un rebaje del ropaje con la herramienta Dremel hasta que sólo conservemos el trozo que circunda al  cuello y procedemos a hacerle unos agujeros en toda la frente y el cabello para que se adhiera mejor la pasta Das Pronto que añadiremos posteriormente. 




Una vez regularizada y afinada por encima la parte del cuerpo, hacemos un cilindro de pasta de 3-4 mm, de una altura a escala para poder modelar después el colback, también llamado "talpack", un tocado de origen turco que los soldados de Bonaparte se trajeron de vuelta en sus maletas de Egipto y adoptaron posteriormente. Bajo el Imperio, cambió para convertirse en el conocido tocado, especialmente reservado para las compañías de élite de los húsares. Lo hacemos con una generatriz recta, aunque luego lo habremos de rectificar, ya que los originales se ensanchan un poco por su parte superior respecto a la inferior.




Una vez conformado le ponemos una cobertura circular con la misma pasta, de unos pocos milímetros. Antes que se seque del todo con una aguja vamos haciendo incisiones de arriba hacia abajo rodeando nuestro colback para darle el aspecto de la cubrición de piel de oso.




Una vez acabado el proceso anterior, regularizamos con pasta el cuerpo para que nos sirva de base al ropaje del uniforme que añadiremos después y de paso hacemos unas incisiones con un palillo mojado para los ojales de los botones. Posteriormente los modificaremos para cerrarlos más, así como profundizar más el relieve del colback.




Una de las primeras rectificaciones importantes es la del colback, que ensanchamos por su parte superior y al que practicamos unas incisiones más profundas, esta vez con un palillo, y también le aumentamos el tamaño de las patillas, al estilo de los peinados de la época.




La parte del colback prácticamente acabada en su tallado. El aspecto nos parece más satisfactorio que el anterior.




Una vez acabada la figura en sus partes más evidentes, nos dedicamos al resto de detalles: la cinta de la bandolera de la cartuchera, el ribeteado de la pechera de la chaqueta y el cuello que modelamos con masilla bi-componente de Tamiya. El trabajar con estas masillas es más adecuado para figuras de plástico o resina, ya que dejan un acabado más fino, pero lo incluimos ya que el darle forma es menos complicado que con la pasta de la masilla. El acabado dista de ser perfecto, pero lo que queremos es que nos facilite sobretodo el detalle de cara al pintado posterior. También añadimos las charreteras correspondientes al empleo en el ejército francés, que modelamos aparte y añadimos después, así como la "flamme", o la bolsa que cuelga de la parte superior del sombrero, con borlas e hilo, generalmente de color blanco.




La figura preparada para su imprimación. Como veis le hemos añadido la borla en la parte superior frontal del tocado, aunque también lo podíamos haber hecho posteriormente al pintado. La borla no deja de ser una bola de pasta con un palillo incrustado, a la que le hemos practicado también agujeros en toda su superfície para simular su textura. También hemos hecho unos pequeños agujeros donde se anclarán los botones de los barboquejos de escamas de metal. Por un descuido el reborde de la pechera no lo seguimos por la parte inferior del cuello, por lo que tuvimos que añadirla posteriormente con masilla.






EL PINTADO

El pintado de la figura y el uniforme lo realizamos en base al apartado descrito al principio de la entrada. En los bustos, como en el resto de figuras, un aspecto fundamental es como nos quede la cara, ya que será la que defina el resto de la figura. Si no es de un acabado aceptable, aunque el resto de la figura tenga un pintado excelso, no servirá de nada. En mi caso es mi primera experiencia pintando un busto, de un tamaño sensiblemente mayor que los habituales de 1/10, y de un material más pesado.





El pintado de los ojos y la cara con los colores base. Los ojos de la figura estaban huecos (como los de las estatuas) por lo que los rellené con masilla de Tamiya antes de pintar. La cornea la hubiera pintado ahora con un color más oscuro, ya que empequeñece el ojo, y según se mira hace una sensación un poco rara, pero lo dejaré para la próxima figura, si es que se presenta la ocasión.




El pintado de la cara lo hago con sólo un color base, aclarando u oscureciendo según la parte, pero a partir siempre del color base. En algunos tratados se recomiendan hasta cinco gradaciones de sombras y luces, pero a mi nivel de estar por casa, al no dominar la técnica, prefiero no liarme mucho. Por otra parte mucha gente hace sombras o luces excesivas por lo que la figura se ve en exceso "quemada", que en figuras pequeñas puede servir, pero no me gusta en las grandes.








La figura en su base de madera y barnizada, también "handmade" como dicen los ingleses.






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(*) - "Napoleon's Victories… from the personal memoirs of Capt. Ch. Parquin of the Imperial Guard” - 1803-1814, Chicago, The Werner Co, Publishers, 1893

(**) - En algún foro nos han comentado el tamaño del colback, que pudiera pecar de demasiado alto. Es posible que así sea, pero nunca hemos pretendido que la figura fuera una réplica exacta, y se tomo a escala de láminas de Rousselot de cazadores a caballo. Además como suele suceder con los uniformes napoleónicos (y otros de época), si comparáis dos láminas de autores diferentes siempre es un elemento que se grafía un poco más alto que el tamaño de la cabeza aunque variando sensiblemente su altura en poco más o en poco menos. Por lo que respecta a la bolsa del colback, la "flamme" o "flame", pregunté en dos foros napoleónicos, al Sr. Patrice Courcelle por Facebook e incluso al mismo Musée de l'Armée, y aún estoy esperando la respuesta, por lo que opté por la que más adecuada me pareció.



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Fuentes:

(1) - http://www.armae.com/contemporain/142shakos.htm
(2) - "Napoleon's line cavalry. Recreated in Colour Photographs" - Stephen E. Maughan, The Crowood Press, 1998
(3) - http://www.1789-1815.com/bardin.htm
(4) - http://lesapn.forumactif.fr/t7991p45-probleme-avec-couleur-aurore
(5) - Varias fuentes halladas en Internet.

sábado, 23 de diciembre de 2017

"El beso", de Gustavo A. Bécquer - Leyendas del Toledo napoleónico


La proximidad de la ciudad de Toledo a Madrid, y su ubicación en el centro geográfico de la península, propiciaron que la ciudad tuviera una importancia notable durante toda la Guerra de Independencia. Entre abril y mayo de 1808, Toledo se vio obligada a acoger a más de 10.000 soldados franceses al mando del general Dupont. Con la llegada de la tropa, dio comienzo el saqueo, y los robos que caracterizaron, al igual que en muchos lugares de España, su estancia en la ciudad.

En un primer momento, las tropas francesas abandonaron Toledo el 31 de mayo de 1808, para ser derrotados en Bailén. Pero en diciembre volvieron a la ciudad causando muchos más destrozos de los que inicialmente hicieron, además de la huida de numerosa población y eclesiásticos. La estancia de los franceses se reiteraria posteriormente, hasta el 13 de abril de 1813, cuando las tropas francesas abandonaron definitivamente Toledo.

Gustavo Adolfo Bécquer fue un poeta y narrador español, perteneciente al movimiento del Romanticismo. Aunque en vida ya alcanzó cierta fama, solo después de su muerte y tras la publicación del conjunto de sus escritos obtuvo el prestigio que hoy se le reconoce. Su obra más célebre son las Rimas y Leyendas. Los poemas e historias incluidos en esta colección son esenciales para el estudio de la literatura hispana, sobre la que ejercieron posteriormente una gran influencia.

En "El Beso", que se  publicó el 27 de agosto de 1863, en La América, Bécquer nos relata la llegada a Toledo de los soldados franceses durante la guerra de la Independencia. A continuación y debido a la época que trata os transcribimos este relato, en el que a partir de un hecho aparentemente trivial, el alojamiento de unos soldados de caballería en una iglesia, se desarrollarán unos hechos que acabarán con un final totalmente inesperado.

Para finalizar y en el marco de las fechas que nos ocupan desearos de corazón a todos los lectores de El Rincón de Byron unas muy buenas fiestas de Navidad.







EL BESO (1863)

I

«Cuando una parte del ejército francés se apoderó a principios de este siglo de la histórica Toledo, sus jefes, que no ignoraban el peligro a que se exponían en las poblaciones españolas diseminándose en alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los más grandes y mejores edificios de la ciudad.

Después de ocupado el suntuoso alcázar de Carlos V, echose mano de la casa de Consejos; y cuando ésta no pudo contener más gente comenzaron a invadir el asilo de las comunidades religiosas, acabando a la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias consagradas al culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la población donde tuvo lugar el suceso que voy a referir, cuando una noche, ya a hora bastante avanzada, envueltos en sus oscuros capotes de guerra y ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen desde la Puerta del Sol a Zocodover(I), con el choque de sus armas y el ruidoso golpear de los cascos de sus corceles, que sacaban chispas de los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de aquellos altos, arrogantes y fornidos, de que todavía nos hablan con admiración nuestras abuelas.

Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como a distancia de unos treinta pasos de su gente hablando a media voz con otro, también militar a lo que podía colegirse por su traje. éste, que caminaba a pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un farolillo, parecía seguirle de guía por entre aquel laberinto de calles oscuras, enmarañadas y revueltas.

Con verdad —decía el jinete a su acompañante—, que si el alojamiento que se nos prepara es tal y como me lo pintas, casi, casi sería preferible arrancharnos(II) en el campo o en medio de una plaza.

¿Y qué queréis, mi capitán —contestole el guía, que efectivamente era un sargento aposentador(III)—; en el alcázar no cabe ya un grano de trigo, cuanto más un hombre; de San Juan de los Reyes no digamos, porque hay celda de fraile en la que duermen quince húsares. El convento adonde voy a conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres o cuatro días nos cayó aquí como de las nubes una de las columnas volantes que recorren la provincia, y gracias que hemos podido conseguir que se amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.

En fin —exclamó el oficial después de un corto silencio y como resignándose con el extraño alojamiento que la casualidad le deparaba—, más vale incómodo que ninguno. De todas maneras, si llueve, que no será difícil según se agrupan las nubes, estamos a cubierto, y algo es algo.

Interrumpida la conversación en este punto, los jinetes precedidos del guía, siguieron en silencio el camino adelante hasta llegar a una plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta del convento con su torre morisca, su campanario de espadaña, su cúpula ojival y sus tejados de crestas desiguales y oscuras.

He aquí vuestro alojamiento —exclamó el aposentador al divisarle y dirigiéndose al capitán, que, después que hubo mandado hacer alto a la tropa, echó pie a tierra, tomó el farolillo de manos del guía y se dirigió hacia el punto que éste le señalaba.

Como quiera que la iglesia del convento estaba completamente desmantelada, los soldados que ocupaban el resto del edificio habían creído que las puertas le eran ya poco menos que inútiles, y un tablero hoy, otro mañana, habían ido arrancándolas pedazo a pedazo para hacer hogueras con que calentarse por las noches.

Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer llaves ni descorrer cerrojos para penetrar en el interior del templo. A la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perdía entre las espesas sombras de las naves y dibujaba con gigantescas proporciones sobre el muro la fantástica sombra del sargento aposentador que iba precediéndole, recorrió la iglesia de arriba abajo y escudriñó una por una todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del local, mandó echar pie a tierra a su gente, y, hombres y caballos revueltos, fue acomodándola como mejor pudo.

Según dejamos dicho, la iglesia estaba completamente desmantelada, en el altar mayor pendían aún de las altas cornisas los rotos jirones del velo con que lo habían cubierto los religiosos al abandonar aquel recinto; diseminados por las naves veíanse algunos retablos adosados al muro, sin imágenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban con un ribete de luz los extraños perfiles de la oscura sillería de alerce; en el pavimento, destrozado en varios puntos, distinguíanse aún anchas losas sepulcrales llenas de timbres; escudos y largas inscripciones góticas; y allá a lo lejos, en el fondo de las silenciosas capillas y a la largo del crucero, se destacaban confusamente entre la oscuridad, semejantes a blancos e inmóviles fantasmas, las estatuas de piedra que, unas tendidas, otras de hinojos sobre el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos habitantes del ruinoso edificio.

A cualquiera otro menos molido que el oficial de dragones; el cual traía una jornada de catorce leguas en el cuerpo, o menos acostumbrado a ver estos sacrilegios como la cosa más natural del mundo, hubiéranle bastado dos adarmes de imaginación para no pegar los ojos en toda la noche en aquel oscuro e imponente recinto, donde las blasfemias de los soldados que se quejaban en alta voz del improvisado cuartel, el metálico golpe de sus espuelas que resonaban sobre las anchas losas sepulcrales del pavimento, el ruido de los caballos que piafaban impacientes, cabeceando y haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos a los pilares, formaban un rumor extraño y temeroso que se dilataba por todo el ámbito de la iglesia y se reproducía cada vez más confuso, repetido de eco en eco en sus altas bóvedas.

Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba ya tan familiarizado con estas peripecias de la vida de campaña, que apenas hubo acomodado a su gente, mandó colocar un saco de forraje al pie de la grada del presbiterio, y arrebujándose como mejor pudo en su capote y echando la cabeza en el escalón, a los cinco minutos roncaba con más tranquilidad que el mismo rey José en su palacio de Madrid. Los soldados, haciéndose almohadas de las monturas, imitaron su ejemplo, y poca a poco fue apagándose el murmullo de sus voces.A la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire que entraba por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el dosel de piedra de las esculturas de los muros, y el alternado rumor de los pasos del vigilante que se paseaba, envuelto en los anchos pliegues de su capote a lo largo del pórtico.


Vista panorámica de Toledo, con el Alcázar de Toledo (de Carlos V) al fondo.


II


En la época a que se remonta la relación de esta historia, tan verídica como extraordinaria, lo mismo que al presente, para los que no sabían apreciar los tesoros del arte que encierran sus muros, la ciudad de Toledo no era más que un poblachón destartalado, antiguo, ruinoso e insufrible.Los oficiales del ejército francés, que, a juzgar por los actos de vandalismo con que dejaron en ella triste y perdurable memoria de su ocupación, de todo tenían menos de artistas o arqueólogos, no hay para que decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de los Césares.

En esta situación de ánimo, la más insignificante novedad que viniese a romper la monótona quietud de aquellos días eternos e iguales, era acogida con avidez entre los ociosos: así es que la promoción al grado inmediato de uno de sus camaradas; la noticia del movimiento estratégico de una columna volante, la salida de un correo de gabinete o la llegada de una fuerza cualquiera a la ciudad, convertíanse en tema fecundo de conversación y objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto que otro incidente venía a sustituirlo, sirviendo de base a nuevas quejas, críticas y suposiciones.

Como era de esperar, entre los oficiales que; según tenían de costumbre, acudieron al día siguiente a tomar el sol y a charlar un rato en el Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que la llegada de los dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior capítulo durmiendo a pierna suelta y descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de una hora hacía que la conversación giraba alrededor de este asunto, y ya comenzaba a interpretarse de diversos modos la ausencia del recién venido, a quien uno de los presentes, antiguo compañero suyo de colegio, había citado para el Zocodover, cuando en una de las bocacalles de la plaza apareció al fin nuestro bizarro capitán despojado de su ancho capotón de guerra, luciendo un gran casco de metal con penacho de plumas blancas, una casaca azul turquí con vueltas rojas y un magnífico mandoble con vaina de acero, que resonaba arrastrándose al compás de sus marciales pasos y del golpe seco y agudo de sus espuelas de oro.


Vista de la Plaza de Zocodover


Apenas le vio su camarada, salió a su encuentro para saludarle, y con él se adelantaron casi todos los que a la sazón se encontraban en el corrillo, en quienes habían despertado la curiosidad y la gana de conocerle los pormenores que ya habían oído referir acerca de su carácter original y extraño. Después de los estrechos abrazos de costumbre y de las exclamaciones, plácemes y preguntas de rigor en estas entrevistas; después de hablar largo y tendido sobre las novedades que andaban por Madrid, la varia fortuna de la guerra y los amigotes muertos o ausentes rodando de uno en otro asunto la conversación, vino a parar al tema obligado, esto es, las penalidades del servicio, la falta de distracciones de la ciudad y el inconveniente de los alojamientos.

Al llegar a este punto, uno de los de la reunión que, por lo visto, tenía noticias del mal talante con que el joven oficial se había resignado a acomodar su gente en la abandonada iglesia, le dijo con aire de zumba:

Y a propósito de alojamiento, ¿qué tal se ha pasado la noche en el que ocupáis?

Ha habido de todo —contestó el interpelado—; pues si bien es verdad que no he dormido gran cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la velada. El insomnio junto a una mujer bonita no es seguramente el peor de los males.

¡Una mujer! —repitió su interlocutor como admirándose de la buena fortuna del recién venido; eso es lo que se llama llegar y besar el santo.

Será tal vez algún antiguo amor de la corte que le sigue a Toledo para hacerle más soportable el ostracismo —añadió otro de los del grupo.

¡Oh!, no —dijo entonces el capitán—; nada menos que eso. Juro, a fe de quien soy, que no la conocía y que nunca creí hallar tan bella patrona en tan incómodo alojamiento. Es todo lo que se llama una verdadera aventura.

¡Contadla!, ¡contadla! —exclamaron en coro los oficiales que rodeaban al capitán; y como éste se dispusiera a hacerlo así, todos prestaron la mayor atención a sus palabras mientras él comenzó la historia en estos términos:

Dormía esta noche pasada como duerme un hombre que trae en el cuerpo trece leguas de camino, cuando he aquí que en lo mejor del sueño me hizo despertar sobresaltado e incorporarme sobre el codo un estruendo, horrible, un estruendo tal, que me ensordeció un instante para dejarme después los oídos zumbando cerca de un minuto, como si un moscardón me cantase a la oreja. Como os habréis figurado, la causa de mi susto era el primer golpe que oía de esa endiablada campana gorda, especie de sochantre de bronce, que los canónigos de Toledo han colgado en su catedral con el laudable propósito de matar a disgustos a los necesitados de reposo. Renegando entre dientes de la campana y del campanero que la toca, disponíame, una vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, a coger nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando vino a herir mi imaginación y a ofrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. A la dudosa luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez del muro de la capilla mayor, vi a una mujer arrodillada junto al altar.

Los oficiales se miraron entre sí con expresión entre asombrada e incrédula; el capitán sin atender al efecto que su narración producía, continuó de este modo:

No podéis figuraros nada semejante, aquella nocturna y fantástica visión que se dibujaba confusamente en la penumbra de la capilla, como esas vírgenes pintadas en los vidrios de colores que habréis visto alguna vez destacarse a lo lejos, blancas y luminosas, sobre el oscuro fondo de las catedrales. Su rostro ovalado, en donde se veía impreso el sello de una leve y espiritual demacración, sus armoniosas facciones llenas de una suave y melancólica dulzura, su intensa palidez, las purísimas líneas de su contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco flotante, me traían a la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando casi era un niño. ¡Castas y celestes imágenes, quimérico objeto del vago amor de la adolescencia! Yo me creía juguete de una alucinación, y sin quitarle un punto los ojos, ni aun osaba respirar, temiendo que un soplo desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil. Antojábaseme, al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en pos de sí la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiendo la oscura sombra de aquel recinto lóbrego y misterioso.

Pero...—exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que comenzando por echar a broma la historia, había concluido interesándose con su relato —¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No le dijiste nada? ¿No te explicó su presencia en aquel sitio?

No me determiné a hablarle, porque estaba seguro de que no había de contestarme, ni verme, ni oírme.

¿Era sorda?

¿Era ciega?

¿Era muda? —exclamaron a un tiempo tres o cuatro de los que escuchaban la relación.

Lo era todo a la vez —exclamó al fin el capitán después de un momento de pausa—, porque era... de mármol.

Al oír el estupendo desenlace de tan extraña aventura, cuantos había en el corro prorrumpieron en una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos dijo al narrador de la peregrina historia, que era el único que permanecía callado y en una grave actitud:

¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un millar, un verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que desde ahora pongo a vuestra disposición, ya que, a lo que parece, tanto os da de una mujer de carne como de piedra.

¡Oh!, no... —continuó el capitán, sin alterarse en lo más mínimo por las carcajadas de sus compañeros—: estoy seguro de que no pueden ser como la mía. La mía es una verdadera dama castellana que por un milagro de la escultura parece que no la han enterrado en su sepulcro, sino que aún permanece en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que lo cubre, inmóvil, con las manos juntas en ademán suplicante, sumergida en un éxtasis de místico amor.

De tal modo te explicas, que acabarás por probarnos la verosimilitud de la fábula de Galatea.

Por mi parte, puedo deciros que siempre la creí una locura; mas desde anoche comienzo a comprender la pasión del escultor griego.

Dadas las especiales condiciones de tu nueva dama, creo que no tendrás inconveniente en presentarnos a ella. De mí sé decir que ya no vivo hasta ver esa maravilla. Pero... ¿qué diantres te pasa?... diríase que esquivas la presentación. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja! Bonito fuera que ya te tuviéramos hasta celoso.

Celoso —se apresuró a decir el capitán—, celoso... de los hombres, no...; mas ved, sin embargo, hasta dónde llega mi extravagancia. Junto a la imagen de esa mujer, también de mármol, grave y al parecer con vida como ella, hay un guerrero... su marido sin duda... Pues bien...: lo voy a decir todo, aunque os moféis de mi necesidad... Si no hubiera temido que me tratasen de loco, creo que ya lo habría hecho cien veces pedazos.

Una nueva y aún más ruidosa carcajada de los oficiales saludó esta original revelación del estrambótico enamorado de la dama de piedra.

Nada, nada; es preciso que la veamos —decían los unos.

Sí, sí; es preciso saber si el objeto corresponde a tan alta pasión —añadían los otros.

¿Cuándo nos reunimos a echar un trago en la iglesia en que os alojáis? —exclamaron los demás.

Cuando mejor os parezca: esta misma noche si queréis —respondió el joven capitán, recobrando su habitual sonrisa, disipada un instante por aquel relámpago de celos—. A propósito. Con los bagajes he traído hasta un par de docenas de botellas de Champagne, verdadero Champagne, restos de un regalo hecho a nuestro general de brigada, que, como sabéis, es algo pariente.

¡Bravo!, ¡bravo! —exclamaron los oficiales a una voz, prorrumpiendo en alegres exclamaciones.

¡Se beberá vino del país!

¡Y cantaremos una canción de Ronsard!

Y hablaremos de mujeres, a propósito de la dama del anfitrión.

Conque... ¡hasta la noche!

—¡Hasta la noche!







III

Ya hacía largo rato que los pacíficos habitantes de Toledo habían cerrado con llave y cerrojo las pesadas puertas de sus antiguos caserones; la campana gorda de la catedral anunciaba la hora de la queda, y en lo alto del alcázar, convertido en cuartel, se oía el último toque de silencio de los clarines, cuando diez o doce oficiales que poco a poco habían ido reuniéndose en el Zocodover tomaron el camino que conduce desde aquel punto al convento en que se alojaba el capitán, animados más con la esperanza de apurar las prometidas botellas, que con el deseo de conocer la maravillosa escultura.

La noche había cerrado sombría y amenazadora; el cielo estaba cubierto de nubes de color de plomo; el aire, que zumbaba encarcelado en las estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda luz del farolillo de los retablos o hacía girar con un chirrido agudo las veletas de hierro de las torres.

Apenas los oficiales dieron vista a la plaza en que se hallaba situado el alojamiento de su nuevo amigo, éste, que les aguardaba impaciente, salió a encontrarles; y después de cambiar algunas palabras a media voz, todos penetraron juntos en la iglesia, en cuyo lóbrego recinto la escasa claridad de una linterna luchaba trabajosamente con las oscuras y espesísimas sombras.

¡Por quién soy! —exclamó uno de los convidados tendiendo a su alrededor la vista—, que el local es de los menos a propósito del mundo para una fiesta.

Efectivamente —dijo otro—; nos traes a conocer a una dama, y apenas si con mucha dificultad se ven los dedos de la mano.

Y, sobre todo, hace un frío, que no parece sino que estamos en la Siberia —añadió un tercero arrebujándose en el capote.

Calma, señores, calma —interrumpió el anfitrión—; calma, que a todo se proveerá. ¡Eh, muchacho! —prosiguió dirigiéndose a uno de sus asistentes—: busca por ahí un poco de leña, y enciéndenos una buena fogata en la capilla mayor.

El asistente, obedeciendo las órdenes de su capitán, comenzó a descargar golpes en la sillería del coro, y después que hubo reunido una gran cantidad de leña que fue apilando al pie de las gradas del presbiterio, tornó la linterna y se dispuso a hacer un auto de fe con aquellos fragmentos tallados de riquísimas labores, entre los que se veían, por aquí, parte de una columnilla salomónica; por allá, la imagen de un santo abad, el torso de una mujer o la disforme cabeza de un grifo asomado entre hojarascas. A los pocos minutos, una gran claridad que de improviso se derramó por todo el ámbito de la iglesia anunció a los oficiales que había llegado la hora de comenzar el festín. El capitán, que hacía los honores de su alojamiento con la misma ceremonia que hubiera hecho los de su casa, exclamó dirigiéndose a los convidados:

Si gustáis, pasaremos al buffet.

Sus camaradas, afectando la mayor gravedad, respondieron a la invitación con un cómico saludo, y se encaminaron a la capilla mayor precedidos del héroe de la fiesta, que al llegar a la escalinata se detuvo un instante, y extendiendo la mano en dirección al sitio que ocupaba la tumba, les dijo con la finura más exquisita.

Tengo el placer de presentaros a la dama de mis pensamientos. Creo que convendréis conmigo en que no he exagerado su belleza.

Los oficiales volvieron los ojos al punto que les señalaba su amigo, y una exclamación de asombro se escapó involuntariamente de todos los labios.

En el fondo de un arco sepulcral revestido de mármoles negros, arrodillada delante de un reclinatorio, con las manos juntas y la cara vuelta hacia el altar, vieron, en efecto, la imagen de una mujer tan bella, que jamás salió otra igual de manos de un escultor, ni el deseo pudo pintarla en la fantasía más soberanamente hermosa.

En verdad que es un ángel —exclamó uno de ellos.

¡Lástima que sea de mármol! —añadió otro.

No hay duda que, aunque no sea más que la ilusión de hallarse junto a una mujer de este calibre, es lo suficiente para no pegar los ojos en toda la noche.

¿Y no sabéis quién es ella? —preguntaron algunos de los que contemplaban la estatua al capitán, que sonreía satisfecho de su triunfo.

Recordando un poco del latín que en mi niñez supe, he conseguido a duras penas, descifrar la inscripción de la tumba —contestó el interpelado—; y, a lo que he podido colegir, pertenece a un título de Castilla; famoso guerrero que hizo la campaña con el Gran Capitán. Su nombre lo he olvidado; mas su esposa, que es la que veis, se llama Doña Elvira de Castañeda, y por mi fe que, si la copia se parece al original, debió ser la mujer más notable de su siglo.

Después de estas breves explicaciones, los convidados, que no perdían de vista el principal objeto de la reunión, procedieron a destapar algunas de las botellas y, sentándose alrededor de la lumbre, empezó a andar el vino a la ronda.

A medida que las libaciones se hacían más numerosas y frecuentes, y el vapor del espumoso Champagne comenzaba a trastornar las cabezas, crecían la animación, el ruido y la algazara de los jóvenes, de los cuales éstos arrojaban a los monjes de granito adosados a los pilares los cascos de las botellas vacías, y aquellos cantaban a toda voz canciones báquicas y escandalosas, mientras los de más allá prorrumpían en carcajadas, batían las palmas en señal de aplauso o disputaban entre sí con blasfemias y juramentos. El capitán bebía en silencio como un desesperado y sin apartar los ojos de la estatua de doña Elvira.

Iluminada por el rojizo resplandor de la hoguera, y a través del confuso velo que la embriaguez había puesto delante de su vista, parecíale que la marmórea imagen se transformaba a veces en una mujer real, parecíale que entreabría los labios como murmurando una oración; que se alzaba su pecho como oprimido y sollozante; que cruzaba las manos con más fuerza que sus mejillas se coloreaban, en fin, como si se ruborizase ante aquel sacrílego y repugnante espectáculo.

Los oficiales, que advirtieron la taciturna tristeza de su camarada, le sacaron del éxtasis en que se encontraba sumergido y, presentándole una copa, exclamaron en coro:

—¡Vamos, brindad vos, que sois el único que no lo ha hecho en toda la noche!

El joven tomó la copa y, poniéndose de pie y alzándola en alto, dijo encarándose con la estatua del guerrero arrodillado junto a doña Elvira:

¡Brindo por el emperador, y brindo por la fortuna de sus armas, merced a las cuales hemos podido venir hasta el fondo de Castilla a cortejarle su mujer en su misma tumba a un vencedor de Ceriñola!

Los militares acogieron el brindis con una salva de aplausos, y el capitán, balanceándose, dio algunos pasos hacia el sepulcro.

No... —prosiguió dirigiéndose siempre a la estatua del guerrero, y con esa sonrisa estúpida propia de la embriaguez—, no creas que te tengo rencor alguno porque veo en ti un rival...; al contrario, te admiro como un marido paciente, ejemplo de longanimidad y mansedumbre, y a mi vez quiero también ser generoso. Tú serías bebedor a fuer de soldado..., no se ha de decir que te he dejado morir de sed, viéndonos vaciar veinte botellas...: ¡toma!





Y esto diciendo llevose la copa a los labios, y después de humedecérselos con el licor que contenía, le arrojó el resto a la cara prorrumpiendo en una carcajada estrepitosa al ver cómo caía el vino sobre la tumba goteando de las barbas de piedra del inmóvil guerrero.—¡Capitán! —exclamó en aquel punto uno de sus camaradas en tono de zumba— cuidado con lo que hacéis... Mirad que esas bromas con la gente de piedra suelen costar caras... Acordaos de lo que aconteció a los húsares del 5º en el monasterio de Poblet... Los guerreros del claustro dicen que pusieron mano una noche a sus espadas de granito, y dieron que hacer a los que se entretenían en pintarles bigotes con carbón.

Los jóvenes acogieron con grandes carcajadas esta ocurrencia; pero el capitán, sin hacer caso de sus risas, continuó siempre fijo en la misma idea:

¿Creéis que yo le hubiera dado el vino a no saber que se tragaba al menos el que le cayese en la boca?... ¡Oh!... ¡no!.... yo no creo, como vosotros, que esas estatuas son un pedazo de mármol tan inerte hoy como el día en que lo arrancaron de la cantera. Indudablemente el artista, que es casi un dios, da a su obra un soplo de vida que no logra hacer que ande y se mueva, pero que le infunde una vida incomprensible y extraña; vida que yo no me explico bien, pero que la siento, sobre todo cuando bebo un poco.

¡Magnífico! —exclamaron sus camaradas—, bebe y prosigue.

El oficial bebió, y, fijando los ojos en la imagen de doña Elvira, prosiguió con una exaltación creciente:

¡Miradla!... ¡miradla!... ¿No veis esos cambiantes rojos de sus carnes mórbidas y transparentes?... ¿No parece que por debajo de esa ligera epidermis azulada y suave de alabastro circula un fluido de luz color de rosa?... ¿Queréis más vida?... ¿Queréis más realidad?...

¡Oh!, sí, seguramente —dijo uno de los que le escuchaban—; quisiéramos que fuese de carne y hueso.

¡Carne y hueso!... ¡Miseria, podredumbre!... —exclamó el capitán—. Yo he sentido en una orgía arder mis labios y mi cabeza; yo he sentido este fuego que corre por las venas hirviente como la lava de un volcán, cuyos vapores caliginosos turban y trastornan el cerebro y hacen ver visiones extrañas. Entonces el beso de esas mujeres materiales me quemaba como un hierro candente, y las apartaba de mí con disgusto, con horror, hasta con asco; porque entonces, como ahora, necesitaba un soplo de brisadel mar para mi frente calurosa, beber hielo y besar nieve... nieve teñida de suave luz, nieve coloreada por un dorado rayo de sol.... una mujer blanca, hermosa y fría, como esa mujer de piedra que parece incitarme con su fantástica hermosura, que parece que oscila al compás de la llama, y me provoca entreabriendo sus labios y ofreciéndome un tesoro de amor... ¡Oh!... sí... un beso... sólo un beso tuyo podrá calmar el ardor que me consume.

¡Capitán! —exclamaron algunos de los oficiales al verle dirigirse hacia la estatua como fuera de sí, extraviada la vista y con pasos inseguros—, ¿qué locura vais a hacer? ¡Basta de broma y dejad en paz a los muertos!

El joven ni oyó siquiera las palabras de sus amigos y tambaleando y como pudo llegó a la tumba y aproximose a la estatua; pero al tenderle los brazos resonó un grito de horror en el templo. Arrojando sangre por ojos, boca y nariz, había caído desplomado y con la cara deshecha al pie del sepulcro. Los oficiales, mudos y espantados, ni se atrevían a dar un paso para prestarle socorro.

En el momento en que su camarada intentó acercar sus labios ardientes a los de doña Elvira, habían visto al inmóvil guerrero levantar la mano y derribarle con una espantosa bofetada de su guantelete de piedra.»



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(I) - La plaza de Zocodover es una plaza de la ciudad de Toledo. Fue el centro neurálgico de la ciudad durante la mayor parte de su historia, actuando como plaza mayor de la misma. Una parte de ella fue diseñada por Juan de Herrera en tiempos del reinado de Felipe II.
(II) - Ponerse cómodos, alojarse en algún sitio de forma provisional.
(III) - En el ámbito militar, el aposentador era el oficial encargado de hacer el alojamiento de las tropas y de marcar el campo que debía ocupar el ejército.

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Fuentes:

1) - https://es.wikipedia.org/wiki/Leyendas_de_B%C3%A9cquer
2) - Documento original: Created for Lit2Go on the web at fcit.usf.edu
3) - https://es.wikipedia.org/wiki/Plaza_de_Zocodover
4) - https://es.wikipedia.org/wiki/Aposentador
5) - https://es.wikipedia.org/wiki/Gustavo_Adolfo_B%C3%A9cquer
6) - https://www.leyendasdetoledo.com/toledo-en-la-guerra-de-la-independencia-1808/

Imágenes:

1) - https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/7/75/San_Pedro_M%C3%A1rtir_12.jpg/1200px-San_Pedro_M%C3%A1rtir_12.jpg
2) - http://ilovetoledo.es/es/ver/iglesia-de-san-pedro-martir/
3) - http://www.misteriosdetoledo.com/wp-content/uploads/2014/09/Convento_de_San_Pedro_M%C3%A1rtir_021.jpg - Estatua orante en la Iglesia de San Pedro Mártir - Fotografía de Fjdrevorio
4) - https://cloud10.todocoleccion.online/postales-castilla-la-mancha/tc/2014/10/23/23/45856003.jpg
5) - De Diliff - Own work by Diliff, original image, CC BY 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1584823
6) - http://pds20.egloos.com/pds/201008/28/94/d0045194_4c77e79edb9be.jpg
7) - https://i.pinimg.com/736x/3b/61/e4/3b61e48a7b71f2c2f372ebfbeec8c645--best-uniforms-military-uniforms.jpg

viernes, 15 de diciembre de 2017

"Los británicos en el Asedio de Tarragona en 1811", por Adam Quigley

Adam Quigley
Dentro de las VI Jornadas de Divulgación Histórica que se celebraron en Tarragona el octubre pasado, y en el marco del II Ciclo de Conferencia y Audiovisuales se presentó el dia 22, en las bóvedas del cuerpo de guardia, la conferencia de "Los británicos en el Asedio de Tarragona en 1811", a cargo del historiador Adam G. Quigley, que versó sobre las figuras e historia de algunos de los soldados británicos que intervinieron en dicho asedio.

El frente oriental en la Guerra de Independencia a menudo se pasa por alto como una parte integral del ejército del Duque de Wellington cuyo grueso operaba en la frontera con Portugal y en el oeste y norte de España, pero, de hecho, los dos frentes estaban intrínsecamente relacionados. Para los españoles, la costa este era una cuestión de supervivencia nacional: los puertos de Tarragona, Valencia, Alicante y Cartagena sostenían a la nación, alimentaban al pueblo y a la maquinaria militar española. Para los franceses, la falta de control temprano de la costa este fue citada por Napoleón como una de las principales razones para la derrota del ejército francés y la pérdida de la Guerra. Para los británicos, la costa este era un componente necesario y una distracción efectiva para mantener ocupados a miles de soldados napoleónicos.



Maqueta de la parte baja de la ciudad de Tarragona y sus fortificaciones.


CONFERENCIA

Si un día paseas cerca de la catedral, veras que en la torre hay tres impactos de bala de cañón, están en este lado. Entonces, la cuestión es cómo llegaron allí, porque los franceses rodearon la ciudad, la rodearon desde este ángulo, con el principal ataque que fue en esta zona, entonces si disparan desde aquí, no pueden dar a la torre. Son de los británicos, en 1813, que tenían yo he mirado los cuadernos de bitácora del barco, y la hora en que estaban disparando y dónde estaban, estaban colocados aquí, la cañonera con obuses y morteros, que disparaban proyectiles explosivos. Entonces pensar, ¡pobre gente de Tarragona que los aliados les están disparando!. Pues no, porque en la ciudad sólo quedaban 200 civiles, la guarnición de 1.000 o 2.000 soldados franceses e italianos y muy poca población civil.


Plano del Asedio de la Ciudad de Tarragona en 1811. En la parte superior se halla el Fuerte del Olivo.


Hablaré durante unos 25 minutos, explicando el hilo de esta conferencia, me refiero a las salidas. Las salidas son los contraataques que llevan a cabo los defensores de la ciudad para intentar destrozar las trincheras francesas. Entonces en el asedio de 1811, que dura 56 días, la parte más importante, es el ataque aquí (XIV-XX), por este ángulo, en el Serrallo, las calles siguen las lineas de la fortificación anterior. Los franceses despejaron sus flancos, capturando el Olivo1 y al mismo tiempo sacando a la flota británica, con un reducto aquí (I) con cañones para negar el apoyo británico de los barcos y entonces podrían concentrarse en esta zona (XIV-XX), la muralla es débil, mirando en línea recta, en Tarragona había unos 350 cañones, muy complicado, un ataque formal desde aquí tendrían muchos cañones disparando contra ellos. Entonces la potencia de fuego obligó a los franceses a buscar un punto débil, este ángulo. Y aquí (XIV-XX) hay dos fortificaciones, que fueron construidas rápidamente, un año o poco menos antes del asedio, y consisten en tres partes: Este reducto aquí (XIV), con unos 150 hombres y otro cañón, una gran cortina, una pared, bastante fina, y después un baluarte aquí (XX), que respaldan con tapial. Esta es la segunda línea. Después de esto, hay la tercera línea que son los baluartes principales, San Carlos, Orleans, etc…. Entonces toda la lucha para Tarragona sucedió aquí, muy, muy intensamente. Estamos hablando de miles de balas de cañón cada día disparadas…Tenemos marcado donde colocaban los cañones, los franceses en su asedio sistemático hicieron una trinchera primero siguiendo la línea de la costa, (II) y luego la línea del río. Esta es la primera paralela. En los asedios todo está planificado. Entonces hay que hacer tres paralelas, tres trincheras. Entonces más cerca, se van acercando. Los franceses eventualmente cuando capturan diferentes zonas de las defensas aquí, llegan a estar a tiro de pistola, 20-30 metros, aquí marcan a los cañones que van a atacar aquí.




Plano del Asedio de 1811. Las tres paralelas de aproximación a la muralla y baluartes y las tres posiciones de la flota inglesa. En el plano se detallan los calibres y número de piezas, en este caso de la parte de la costa y orilla izquierda del río Francolí: I - 2 piezas de 24, II- 3 morteros de 12, III - 3 piezas de 24, IV - 2 morteros de 10, IX - 6 piezas de 24, X - 4 morteros de 12.


¿Qué puedes hacer? ¿Cómo puedes reducir un ataque de esta forma? Habían cañones aquí, cañones españoles, muchos, con los artilleros aquí sufren muchas bajas, acumulan mucha infantería. En la ciudad tenía del orden de 12.000-16.000 soldados y tenían también refuerzos desde Valencia, bastantes, digamos unos 7.000 soldados. Entonces, ¿qué puedes hacer? Pues antes ya lo comentaba, salidas. Antes alguien preguntaba que es este túnel de aquí detrás, este túnel, pues este lugar es una parte de las antiguas fortificaciones que permite que puedan pasar toda una compañía de soldados, 200 soldados….y es la manera de que los soldados puedan salir de las defensas, de las obras defensivas y atacar al enemigo y sus trincheras. En esta zona si estaba a 50 m, los franceses aquí excavando, los cañones y la infantería, que servían para proteger, aquí el trabajo es de los cañones más que nada. Entonces voy a hablar de las salidas y de varios soldados británicos que estaban involucrados y que no salen en los libros de historia. Por casualidad encontré la existencia de un hombre, de una manera bastante casual.


Misma imagen del plano anterior con el nombre de las fortificaciones.


Pedro Sarsfield y Water
Habeis oido hablar de Sarsfield antes. Sarsfield era un brigadier del regimiento de Ultonia, que es un regimiento con su base en Gerona, que defendieron en los asedios de allí. Sarsfield era un descendiente de irlandeses que habían emigrado a España, de gente militar, de familias militares, entonces formaron algunas unidades en el ejército español con esos descendientes de irlandeses católicos, tienes Ultonia en Gerona, Irlanda e Hibernia como regimientos. Entonces Sarsfield que no es irlandés, es español, estaba defendiendo esta zona (XX). El comodoro Codrington de la escuadra británica que estaba ayudando en Tarragona describe a Sarsfield en los siguientes términos, dice: “Anoche había todo el ruido del infierno, una batalla inmensa, mucho ruido toda la noche y Sarsfield no lo quiere tener de ninguna otra forma. Ha de ser así”. Yo diría que Sarsfield, parece una persona que sólo vive para la guerra, como en la película "Apocalypse Now", cuando está en la playa, todos agachados, en la guerra de Vietnam, y él no se mueve, cuando dice aquello del “olor a napalm por la mañana”. Pues esta es la imagen que tengo yo de Sarsfield… Uno de los británicos sobre los que voy a hablar era Doyle, Charles William Doyle un militar británico enviado por el Foreign Office, para ayudar al ejército español, con armas, pertrechos, comida, etc, todo lo principal en la lucha contra los franceses. Y este hombre también escribió un perfil psicológico, casi, de todos los oficiales, porque si tenía que ir a para saber como tratarlos y dice de Sarsfield que era una persona muy, muy difícil, que no se llevaba bien con ningún otro oficial y que cualquier cosa que se le decía se lo tomaba mal. 

Entonces voy a hablar sobre un soldado británico, que vino a Tarragona como voluntario y era ayudante de campo de Sarsfield. Un ayudante de campo es un soldado que simplemente transmite las órdenes del jefe y tiene que llevar los mensajes. Es más o menos es esto. Si hay que dar la orden de avanzar, si hay que hacer algo, cabalgando rápido, como una carta. Pero no era simplemente un mensajero, también participaba en las salidas, de hecho los dirigía él. Era un soldado de fortuna, tengo aquí su hoja de servicios que encontré en el archivo de Segovia, es una fotocopia, y se puede ver que hace 200 años tenían la imprenta, lineas rectas,como en un documento moderno, y luego lo que uno descubre en los documentos, páginas y páginas de testimonios, que han visto a oficiales que están hablando sobre estos soldados, y aquí está Sarsfield hablando sobre Arthur Goodall-Wavell, fue muy difícil de encontrar este documento ya que aquí en el archivo no había una “W”, casi imposible de ver. También aparece Campoverde, el hombre que huyó de Tarragona…

Voy a leer un poquito de este porque es apasionante descubrir la información que te explica cómo es este hombre. Aquí pone: “El 10 de julio de 1811 fue ascendido al grado de capitán. El 10 de julio de 1811 es en medio del asedio de Tarragona. Su edad, cuando estaba luchando aquí, 28 años. Su país, Inglaterra. Su calidad, noble. Era un capitán con grado de teniente coronel. Era un británico que viene desde fuera, se hace voluntario del ejército Británico y no cobra sueldo, durante dos años, y además no le sale muy bien…  Adjuntado a la Plana Mayor del Ejército. … Este año de 1811 ha participado en la toma del molino fortificado de Casas Viejas el 2 de marzo de 1811 y en la batalla de Barrosa el 4 del mismo mes de donde salió contuso siendo ayudante de campo del mariscal de campo D. Pedro Sarsfield. Ese año en el sitio de la plaza de Tarragona, y en las salidas que se hicieron en ella en los meses de mayo y junio de 1811, y también estuvo en Aragón".


Hoja de servicios de Arthur Goodall-Wavell (d).


Barrosa era una batalla cerca de Cádiz, una batalla de españoles e ingleses contra franceses, allí Arthur Goodall-Wavell pierde el uso de su brazo derecho recibe una herida, que arrastra durante meses. Pero sigue la guerra, se niega a marchar, entonces se desplaza a Tarragona y dirige las salidas, un combate cuerpo a cuerpo, con un brazo. ¿Cómo lo hacían? Salía con una partida de soldados, quizás 60 hombres, 100 hombres, por la noche, para atacar las trincheras enemigas…

Después de cinco campañas hechas en las Indias Orientales en la Plana Mayor del Ejército Inglés sirve a Su Majestad… habiéndose hallado como voluntario sin sueldo, empleado en la Plana Mayor de los Reales Ejércitos en la batalla de Chiclana, Barrosa, de donde salió contuso en Tarragona habiendo asistido a la defensa de sus obras avanzadas y en todas las salidas que se hicieron en ella”. Eran acciones de guerra lo que explica que también que siempre era la primera persona en entrar en la trinchera enemiga, dirigiendo a los soldados de este talante.

También descubrí en los periódicos de la época en Inglaterra en 1816, resulta que este hombre fue condecorado con la condecoración más alta posible de la etapa de Fernando VII, la Cruz de San Fernando, y al mismo tiempo es condecorado el mismo día por el Rey de Inglaterra, con la misma distinción pero inglesa, la más alta distinción posible de aquella época, por una acción llevada a cabo el 16 de junio de 1811. Y si miramos en los libros de historia, qué pasó aquí en Tarragona el 16 de junio de 1811, los franceses lograron asaltar este segundo baluarte, aquí, entraron en masa, echaron a los españoles y se quedaron aquí… y Arthur Goodall-Wavell con unos cuantos voluntarios, un soldado de artillería llamado Barbazas, de Segovia, e hicieron un contraataque aquí, y lograron expulsar a los franceses. Asi de fuertes eran las batallas en esa época. 

Cuando Sarsfield se fue de Tarragona, recibió la orden para marchar de Tarragona de Contreras. Lo que extraña es que en Tarragona hay una calle Contreras, pero no una calle Sarsfield. Entonces Sarsfield no fue conocido por lo que hizo aquí2. En el momento en que dicen salir, los franceses logran entrar y sus soldados se retiran en desbandada. Retirado con la firma de Contreras. Desde un barco vieron como sus hombres huyen y luego los franceses entran. Contreras el mismo día escribe una carta a Cádiz, a las Cortes, diciendo que él no sabía nada de nada, que él no había dado ninguna orden a nadie, después Sarsfield ha presentado su dimisión. Luego, los británicos discuten qué ha pasado, se ofrecen para ser testigos en un consejo de Guerra con Contreras, pero esto no llega a pasar. Arthur Goodall-Wavell sale de Tarragona con Sarsfield y la ciudad es capturada. El ejército de Campoverde, unos 10.000 hombres que está frente a El Vendrell, empiezan a desertar, se van, desaparecen. Son la única unidad que sigue en pie, intacta es la unidad de Sarsfield, unos 2.000 hombres. Pero luego siguen una guerra de guerrillas, luchando, siguen luchando, todo el mundo se preguntaba si era posible seguir luchando sin una ciudad con un puerto para traer armas.

Pero surge un problema. Pero hay otro lider guerrillero con un status bastante legendario que es el Barón de Eroles. Es un gran luchador y tiene su base en Montserrat y le causa muchos problemas a los franceses. Hay un choque de personalidad entre Sarsfield y el Barón de Eroles. Ya sabemos que Sarsfield por el perfil psicológico, explica que era un personaje un poco difícil y que no se llevaba bien con sus oficiales. Entonces en una batalla Sarsfield no acude a ayudar al Barón de Eroles, el Barón de Eroles queda expuesto al enemigo y lo ve esto como una traición y lo envían fuera a Sarsfield, y Arthur Goodall-Wavell se va con él. Van a Aragón, donde Sarsfield se hace con el ejército en la lucha contra los franceses. 

Y aquí tenemos un relato de Arthur Goodall-Wavell que explica que en la acción de Atica, en Aragón el dia 14 de febrero de 1813, en la que da la orden para cargarse un cuerpo de lanceros alemanes a mis ordenes, sobre otra infantería enemiga que formaba básicamente. Así que Sarsfield le da una orden a su ayudante de campo, Arthur Goodall-Wavell, y no obstante tener un brazo impedido, "de una herida que recibió en la batalla de Barrosa, se puso a la cabeza del escuadrón con su comandante y cargó al enemigo”. Sobrevivió a la lucha.

La historia de Arthur Goodall-Wavell no acaba aquí. Y explica que después de la guerra, se fue a México, y allí en la Ciudad de México fue el asesor del ejército mexicano cuando conoció a un tal Austin. Si sabéis, la capital de Texas es Austin. Entonces Austin padre e hijo están creando asentamientos al lado del Rio Grande, lo que es ahora Texas. Arthur Goodall-Wavell con su consejo y con ayuda económica, ayuda a los Austin a declarar este territorio, esta parte del territorio y dice que si no hubiera sido por él, Texas no hubiera sido un estado de los Estados Unidos. Si lo piensas, si él hubiera muerto aquí, Texas sería parte de México.

Pero no acaba aquí. Es increible lo de este hombre. El nombre Wavell, con “w”, os suena, ¿no?. Si veis los documentales de historia de la 2ª Guerra Mundial había un general Wavell. Resulta, si veis por Internet una foto de él, vereis que es un hombre fuerte, bajo, con la frente cerrada, pues yo creo que es la imagen de su abuelo, que era Arthur Goodall-Wavell. ¿Qué hizo Wavell? Estaba en Egipto al principio de la 2ª Guerra Mundial. Los italianos, los soldados de Mussolini avanzaban desde Abisinia, para atacar Egipto, que era de los británicos. Wavell con sus soldados británicos avanzó hacia ellos y tras la batalla consiguió la rendición de 250.000 soldados italianos. Una gran victoria. Luego en cambio, lucha contra Rommel. Entonces este es el hilo de la actuación de las salidas en Tarragona…. Si nunca hubiera habido rendición de italianos y nunca hubiera habido Texas en Estados Unidos.

Charles W. Doyle
He mencionado un tal Charles William Doyle, Carlos Guillermo Doyle, que es un héroe de la Guerra de Independencia, pero del que no se tiene mucho conocimiento en Inglaterra, porque todos los historiadores tienen su enfoque al otro lado de la Península, en Portugal, en Ciudad Rodrigo, Badajoz, donde estuvo el ejército británico con el español en su lucha con los franceses. Y aquí en Cataluña, en esta zona, es visto como una cosa importante pero no tanto como allí, donde está Wellington. Aquí había gente militar para canalizar la ayuda, armas, etc.

Doyle tuvo rango en el ejército español y en el ejército británico e intentaba que su sueldo fuera para la ayuda para la gente. El sueldo británico lo daba al ejército para financiar la lucha y el sueldo español lo dio a la gente de Zaragoza, por las privaciones que habían pasado en los asedios. De hecho se hace amigo de todos los famosos, Palafox, Agustina de Aragón, etc, son conocidos suyos. A Agustina de Aragón no le reconocían su rango cuando se desplazó a Cádiz, donde había llegado sin nada ya que lo había perdido todo, él se desplaza a Cádiz, insiste, y logra que le reconozcan su rango, sueldo, y tenga sus necesidades cubiertas. 

Entonces Doyle también tiene que ver con las salidas aquí. Las pequeñas salidas que hacían para llegar a las trincheras y estropear los trabajos franceses, no eran suficiente para mantener fuera al ejército francés. Se necesitaba algo más grande. Aquí no habían suficientes soldados para lanzar un ataque contra los franceses y también el jefe del ejército de aquí, Campoverde que se fue a buscar ayuda y aún lo estamos esperando, se llevaba mal con los valencianos, con los jefes del ejército de Valencia. 

Para entender lo que pasaba en esta época, había muchos ejércitos españoles por separado con un líder en cada región, Valencia tenía uno, Aragón tenía otro, Cataluña otro. Y al principio de la guerra no colaboraban, no se juntaban las fuerzas. Entonces es aquí donde Charles William Doyle es clave. Porque él puede utilizar la diplomacia, para juntar esos ejércitos, para poder enviar refuerzos para que cerquen la ciudad. Y como han calumniado al hermano del jefe de Valencia, ni caso, no quiere saber nada de él…. Pero se va a Valencia y logra en principio 2.000 refuerzos que vengan de inmediato, a cambio de 2.000 pertrechos, 2.000 mosquetes, todo lo que se necesite. Pero unas semanas después hay una reunión en Peñíscola, con el ejército de Valencia, donde Doyle va a proponer enviar unos 4.000 hombres para tapar el muro de piedra. Entonces el plan es atacar los almacenes de comida del ejercito sitiador, pero durante las conversaciones sale otra idea y dice: si me das 4000 ó 5.000 soldados que es la mitad del ejército de Valencia, dejaría Valencia indefensa, yo los traeré aquí montaremos un asalto, una salida masiva, por la mañana con 4.000 soldados de Valencia, con las trincheras aquí, destruimos los cañones, porque aquí quedaban 1.500-2.000 soldados franceses, los demás, 10.000-12.000 están en el campamento a 1 hora. Entonces Carlos O’Donnell, que es también otro descendiente de irlandeses, pero que es español, acepta esta propuesta, con la condición de que una vez realizada la salida vuelvan a Valencia a defenderla y hacen una especie de trato.

Por algún motivo desconocido que no está documentado, durante la noche están desembarcando durante 12 horas a estos soldados la moral de la actividad estaba bastante alta, porque ya había bajado mucho cuando se marchó Campoverde con bastantes soldados, saben que aquí hay una posibilidad de rescatar la ciudad pero al llegar a media mañana llega una orden, se ignora de quién es, para que suban todos a los barcos otra vez y los lleven a El Vendrell y desde allí que vayan con Campoverde. Éste ya no estaba a la altura, ya estaba delirando, fuera de si, indolente, lo único que hace es ir con sus soldados de arriba abajo, por Montblanc, Vendrell, Igualada, etc. La posibilidad de hacer esta salida se perdió, es un misterio el porqué, no lo entiendo. Pero Doyle razonaba, da la razón: si hacemos esta salida, y se ofreció para liderarla, si hacemos esta salida los soldados que son muy jóvenes y tienen dos semanas de entrenamiento, no tendrán tiempo para tener miedo, estos 50 metros que tiene que cargar a la bayoneta, entonces garantizado el éxito. Pero si van con Campoverde allí, verán al enemigo allí, con el clima enfermizo, después les entrará el miedo. Pero esto es lo que sucedió. Las ordenes se cambiaron, vieron a los franceses disparándoles y se marcharon casi sin disparar un solo tiro. Todo este esfuerzo para ayudar a la ciudad fue saboteado por alguien, pero no sé porqué, no sé quien lo hizo.

Y después de unas semanas la ciudad es capturada después de un asalto.



PREGUNTAS FINALES:

Comparación entre el frente oriental frente al occidental de Wellington. 

Lo más fácil era llevar el ejército británico a Portugal por la distancia a Inglaterra, por sus puertos y los suministros y lo tienen más claro. Aquí era importante porque, claro, si estás luchando en Tarragona que es la capital de Cataluña en ese momento, con un puerto, fortificada, que molesta bastante a los franceses, mantiene en jaque a montones de soldados de divisiones enteras. Es como el ajedrez. Si los franceses intentan bajar desde Barcelona a Tarragona, los españoles, los somatenes, los soldados y las guerrillas catalanes atacarán por el norte. Así que no pueden enviar tropas… De hecho cuando el ejército francés sale de Barcelona para ira a atacar Cervera, desde Tarragona envían miles de soldados españoles, por barco y por tierra, a atacar en La Bisbal, Palamós, Begur y Sant Feliu. Capturan 1.000 soldados napoleónicos, tres coroneles y un general. 


Edward Codrington.
El comodoro Codrington, de la escuadra británica, que luego sería almirante y hundió la flota otomana entera en la batalla de Navarino, aunque el gobierno se enfadó con él, porque envió correspondencia a los rusos, la victoria naval más grande después de la batalla de Trafalgar. Este hombre dijo: ¿Porqué no ha venido el ejército británico para luchar aquí? Porque no fueron invitados a venir aquí a luchar. 

También otro británico dijo que había que hacer un ejército anglo-catalán, con las guerrillas e infantería ligera británica, de hecho durante el asedio llegaron refuerzos británicos que se enviaron a la parte alta de la ciudad, eran unos 150 soldados del 95º regimiento, como los de la serie “Sharpe”, trajeron uniformes verdes y miles de rifles Baker, entonces querían hacer un regimiento ligero para esta zona, pero como se perdió todo, al final no pudo ser.


¿Qué interés tenían los ingleses en Cataluña?

Varias cosas. Primero, es que toda Europa era gobernada por Napoleón, lo domina todo y pone un embargo contra Inglaterra y prohibe el comercio con todos los países, un poco como ahora con el “brexit”, no, entonces claro , los españoles al empezar a luchar con Napoleón eran aliados, dos semanas después ya han enviado emisarios a Londres para pedir ayuda, y de los primeros soldados en llegar fue Doyle, a Galicia con 2.000 prisioneros españoles que estaban en Inglaterra, con uniformes, armas y ahora vamos a luchar juntos contra Napoleón. Era para luchar contra el dominio imperial en toda Europa. Y cuando lees las cartas de Codrington y Goodall-Wavell todos le adoraban, le escribían poemas, la gente de aquí, de Zaragoza, etc., le querían, le ayudaban, entonces el barco “Blake” (el barco de Codrington), se desplazaba por la costa y la gente subía a bordo para visitarlo y bailaban los bailes tradicionales. También hubo mucho comercio entre España e Inglaterra. Cataluña por ejemplo antes de la guerra no tenía suficiente comida para su pueblo, tuvo que importar el trigo, etc., venía de fuera, muchas veces de Inglaterra, etc. Con la invasión francesa los franceses empiezan comerse la comida lo que conllevó esa lucha posterior a muerte.


¿Había alguna presencia aquí de la armada española aparte de la británica? 

Había presencia, buena y mala. Es algo que no he mencionado. Había tres fragatas, “La Paloma”, “La Prueba” y “La Diana”. Y me parece que “La Paloma” el capitán de este barco, aunque puede ser que lo confunda con el de “La Prueba”, no participaba. Estaba aquí pero no participaba. “La Diana”, sí. “La Diana” se acerca al lado de los barcos británicos, en esta zona aquí, uno incluso embarrancó en la arena, dispararon durante horas, durante un día podían disparar hasta 1.150 proyectiles disparados desde un solo barco, en un día, con cañones muy pesados, de 32 libras. Pues mira, “La Diana” funcionó muy bien, este barco, los británicos enviaron mensajes a Cádiz diciendo, que por favor, que el segundo mando de "La Diana" tuviera su propio barco, que se lo dieran, porque el hombre valía mucho. Y siempre estaban dispuestos a ayudar. Pero el capitán de “La Paloma” es casi un traidor, no se acerca, no se mueve, cuando los franceses están aquí no hace nada, cuando estaban evacuando los heridos no los quiere a bordo de su barco, los ingleses tienen que llevarlos a otros hospitales. Cuando estaban sacando el dinero del ejército, un baúl lleno de dinero y monedas para pagar a los soldados, Contreras avisó a los británicos cuando estaban sacando el dinero del ejército, que el dinero fuera en un barco mercantil, que no se lo confiaran al capitán de de “La Paloma” porque se lo quedaría todo él y su tripulación. Y así fue, cuando la ciudad está en llamas y se intenta acoger a supervivientes, toda la flota tiene que salir y “La Paloma” vira y pone rumbo a Mallorca. Codrington y Wavell ordenan a “El Invencible”, buque de guerra británico, para perseguirlo y si es necesario reducirlo por la fuerza. Atraparon el barco, Codrington hizo arrestar al capitán del barco, y el dinero fue llevado a tierra y confiado a la caballería española que lo llevó a Cardona, a buen recaudo, para seguir con la guerra.



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(I) El Fuerte Olivo contaba con una guarnición de 2.000 hombres de infantería y 24 de artillería.(3)

(II) "Indiscutiblemente, la más tenaz resistencia que se hizo durante la defensa de Tarragona fue la que dirigió el aguerrido brigadier Pedro Sarsfield en la parte baja de la ciudad. Cuando la artillería francesa había logrado desmontar sistemáticamente todos los cañones de los defensores a la vez que reducía a escombros los baluartes, Sarsfield exhortaba a sus hombres a seguir resistiendo heroicamente con los fusiles y granadas de mano que les quedaban. De este modo hizo todo lo posible para frenar el avance del enemigo. Sarsfield relató en un informe sobre Arthur Goodall-Wavell que:

Asistió voluntariamente y en clase de mi ayudante de campo en la salida que se efectuó la noche del diez y seis de junio con objeto de deshacer los trabajos del enemigo, siendo de los primeros en asaltar la trinchera, sorprendiendo a los que la ocupaban y cumpliendo completamente el objeto que tenía a su cargo.(4)




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Fuentes:

1) - Tarragona 1800 - VI Jornadas de Divulgación Histórica - Falsa Braga, Paseo Arqueológico de Tarragona - 17 al 22 de octubre 2017 - Programa de actos.
2) - Conferencia: “Los británicos en el Asedio de Tarragona de 1811”. Adam Quigley (22/10/2017)
3) - "El setge de Tarragona a la Guerra Napoleònica" - Josep Iglésies - Episodis de la Història,  Rafael Dalmau Editores, 1965
4) - https://tarragona1800.wordpress.com/
5) - http://www.nick-lipscombe.net/books.html

Imágenes:

a) - Charles William Doyle: By Margaret Sarah Carpenter - http://www.mfa.org/collections/object/sir-charles-william-doyle-32719, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=45752567
b) - Piano della città di Tarragona colle opere d'assedio eseguite nel 1811 : per servire alla Storia Militare degli Italiani in Catalogna - http://bvpb.mcu.es/independencia/es/consulta/resultados_busqueda.cmd?autor_numcontrol=&materia_numcontrol=&id=14072&posicion=2&forma=ficha
c) - D. Pedro Sarsfield - Centro de Estudios Borjanos - http://4.bp.blogspot.com/-0PJR_Gm5vQ4/UWB2PB4FEsI/AAAAAAAAUA8/dVoTAFhiDSI/s1600/Sarsfield.jpg
d) - https://tarragona1800.files.wordpress.com/2013/07/artur-2.png
e) - Edward Codrington - De Painted by Sir Thomas Lawrence. Engraved by C. Turner, A.R.A. - Transferido desde en.wikipedia a Commons., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1583771