martes, 29 de agosto de 2017

La guerra de asedio en la Península 1808-14, por David Chandler (y II)


Antiguo grabado de 1897, rememorando la caída de San Sebastián. (a)

Finalizamos hoy la segunda de nuestras dos interesantes entradas dedicadas a los asedios en la Guerra de Independencia o de la Península, de 1808 a 1814, del autor inglés D. Chandler.

Veremos las sucesivas etapas de un asedio -como los que se produjeron en España y Portugal- desde el bloqueo inicial para impedir el auxilio por tropas enemigas de la guarnición, hasta la consecución final de la brecha que tenía que ser lo suficientemente holgada y que su pendiente fuera "practicable". 
 
Chandler tampoco rehuye el  siempre  espinoso y delicado asunto de los horribles saqueos que perpetraron las tropas británicas y sus aliados en las ciudades de Ciudad Rodrigo, Badajoz y San Sebastián, con especial énfasis en los dos últimos casos.

No es fácil darle un enfoque adecuado a uno de los episodios más negros de las relaciones hispano-británicas durante la Guerra de Independencia y si bien Chandler sale airoso dándole un enfoque bastante neutro, basándose en tradiciones históricas anteriores, descarga toda la responsabilidad en las enajenadas tropas y pasa muy de puntillas sobre la más que obvia responsabilidad de los mandos británicos, Wellington incluido. Por último, una breve cronología día a día del tercer asedio de Badajoz como ejemplo y colofón final de esta más que interesante lectura.


ETAPAS DE UN ASEDIO EN LA PENÍNSULA

Volviendo a considerar el papel del sitiador, encontramos otra vez una serie de de líneas preconcebidas de acción dictadas por los tipos de defensa que tenían que ser rebasados. Todos los asedios, tanto por el lado atacante como en el de los defensores, contenían un patrón de conducta ritualizada que se remontaba a los días de Vauban y con anterioridad. El comandante atacante, después de reunir toda la información disponible sobre el objetivo y haber acumulado todas las provisiones y equipos necesarios (incluyendo las masivas piezas de artillería de asedio), marchaba hacia su objetivo. A una distancia considerable, esta fuerza se dividiría en dos partes: la primera continuando hacia el objetivo con los convoyes e impedimenta, la segunda marchando a una posición predestinada de cobertura, en la que sería capaz de interceptar cualquier intento por una fuerza enemiga de aliviar o reforzar a la guarnición sitiada

Asedio de Ciudad Rodrigo. (b)
No pocas batallas de la Guerra Peninsular ocurrieron como resultado de operaciones centradas alrededor de asedios significativos. La victoria del general Graham en Barrosa el 5 de marzo de 1810, obstaculizó gravemente las operaciones francesas contra Cádiz y al mismo tiempo impidió al mariscal Soult aprovecharse de la abrupta rendición de Badajoz a las armas francesas el día 11. El año siguiente, cuando el mariscal Beresford intentó recuperar Badajoz para los aliados, fue el avance del ejército de Soult con 25.000 hombres y 50 cañones el 13 de mayo, que indujo a Beresford a suspender el primer asedio de la ciudad y concentrar su total de 37.000 hombres (menos de un tercio de ellos británicos) para enfrentarse a los franceses en Albuera. Un mes más tarde, Wellington congregó el total de sus 44.000 hombres de tropa cerca de Badajoz, volvió a sitiarla, pero fue de nuevo forzado a cancelar el intento el 19 de junio, debido a la falta de equipo de asedio adecuado e ingenieros, y sobre todo debido al avance de Soult y Marmont a la cabeza de 60.000 hombres. Del mismo modo, la batalla de Fuentes de Oñoro, en el 3 y el 5 de mayo de 1811, estaba estrechamente relacionada con el bloqueo y asedio de los aliados de Almeida y, en 1813, toda la serie de enfrentamientos conocidos conjuntamente como la batalla de los Pirineos (julio a septiembre) fueron el resultado de frustrar el triple intento de Soult para interferir con el largo asedio de San Sebastián, que, con un día de interrupción, duró desde el 9 de julio al 8 de septiembre, un total de setenta y siete días. Este fue el asedio más largo jamás emprendido por Wellington, requirió una fuerza de 62,000 hombres para cubrir las operaciones contra el ejército de Soult que sumaba 79,000 hombres; la conducción del asedio fue confiada a Graham y a 10.000 hombres, que se enfrentaron al general Roy y su guarnición de 3.000 tropas francesas. Por lo tanto, la interrelación y la interacción entre asedios y operaciones de campo pueden establecerse claramente.

El calendario de un asedio "regular" obviamente variaba considerablemente debido a circunstancias particulares, ya que cada una era una operación única con características especiales, pero se pueden definir las siguientes etapas generales:

- En primer lugar, la fuerza de asedio establecería un "bloqueo" cortando todos los medios de acceso regular al objetivo. Esta era una tarea frecuentemente confiada a la caballería y a las fuerzas irregulares de españoles o portugueses. En esta coyuntura, una convocatoria formal al gobernador enemigo, invitándolo a rendirse sin ningún daño, podría enviarse a la ciudad bajo bandera de tregua, pero esta convención del siglo XVIII cayó en desuso hacia el siglo XIX.

- A continuación, el comandante de las fuerzas sitiadoras se acercaría con sus principales fuerzas, y aislaría completamente al objetivo. Ya no era la práctica establecer líneas de circunvalación o contravalación alrededor de la ciudad, como en épocas anteriores, debiendo establecerse un gran número de cordones de centinelas y puestos avanzados apoyados por formaciones más grandes. Esto no estaba exento de fallos, como se demostró en Almeida cuando el 10 de mayo de 1811 el General Brennier, ante la indisimulada furia de Wellington, evacuó sucesivamente a 900 hombres de su guarnición a través de las líneas británicas de noche, y "vivió para luchar otro día".

Mientras el bloqueo se iba ensanchando hasta convertirse en un asedio regular, el comandante general, acompañado por su ingeniero, artillería y otros expertos del personal, completaría un minucioso examen del objetivo, buscando los mejores puntos para atacar. El estado del terreno, el tipo de roca del suelo, la situación del agua, así como la fuerza de las fortificaciones enemigas reales, eran consideraciones claves. A menudo la historia pasada era una información de ayuda sobre los cerco previamente exitosos, que eran cuidadosamente examinados. También se asimilarían las informaciones proporcionadas por los cautivos enemigos o los desertores, y por último, la decisión a tomar. Obviamente era imposible atacar todo el perímetro; por otra parte, era importante evitar que el enemigo adivinara el punto exacto, por lo que habitualmente se designarían al menos dos puntos de ataque. Los ingenieros y artilleros harían entonces sus cálculos, tomarían las decisiones finales y emitirían las órdenes.

Grabado mostrando gabiones y fajinas. (c)
Había llegado el momento de "abrir las trincheras". Los oficiales de ingenieros, al amparo de la noche, se arrastrarían hacia adelante para grabar los principales contornos del trabajo a realizar. Detrás de ellos, los primeros soldados de los grupos de trabajo, complementados por un gran número de campesinos reclutados, empezarían a usar pico y pala para cavar la "primera paralela". Esto es, una gran trinchera enfrentada al lado enemigo por gaviones previamente preparados (grandes cilindros huecos verticales de ramas en las que la tierra sería depositada) y fajinas (haces más pequeños de palos utilizados para llenar los huecos entre gaviones), generalmente era excavada a 600 metros de la línea principal de defensa enemiga, lo que era una distancia razonablemente segura del tiro directo de la artillería. Al amanecer, si todo había ido bien, esta primera zanja con su banco protector de tierra lanzada hacia adelante desde el interior sería lo suficientemente profunda como para proteger a los grupos de trabajo. Estos serían relevados a intervalos frecuentes para mantener el trabajo que avanzaba firmemente hacia adelante. Mientras este trabajo continuaba y, por supuesto, se repetiría en el sitio del segundo "ataque" seleccionado, otras partidas preparaban activamente las posiciones de la primera batería en la que estarían situados los obuses y los morteros pesados de asedio (si estaban disponibles) que a las primeras luces estarían preparados para comenzar el bombardeo intermitente de las posiciones enemigas lanzando proyectiles por encima de las fortificaciones intentando desmontar su artillería, impactando en la ciudad principal misma.

El fuego enemigo, por supuesto, se concentraría contra las crecientes trabajos de asedio y las posiciones de las baterías, intentando retrasar los primeros y neutralizar las segundas. Una vez que la primera paralela estuviera de camino a su finalización, comenzarían a surgir una serie de zanjas de aproximación en zigzag, excavadas hacia el lugar designado para la segunda paralela, a menudo a 400 metros de las principales defensas del enemigo. Estos acercamientos no podían ser excavados directamente hacia adelante por miedo a los estragos que un cañón enemigo bien colocado podría causar, enviando un disparo, disparando sin obstáculos, directamente hacia la línea de una zanja. El punto de mayor peligro era la "cabeza de la zanja", donde dos o tres hombres trabajaban a la vez. Estarían protegidos por un mantelete móvil, pero cada vez que fuera necesario avanzar un metro o dos, la artillería enemiga tendría un objetivo fugaz pero tentador. A su debido tiempo, sin embargo, se alcanzaría la línea propuesta para la segunda paralela, que sería excavada de la misma manera que la primera. Mientras tanto, la guarnición en las trincheras (en contraposición a los partidos de trabajo) ocupaba las obras completadas, listas para defenderlas si el enemigo decidía probar una salida. Entonces, cuando la segunda estaba terminada, toda la sucesión de trincheras de acercamiento y el resto del proceso se repetiría por tercera vez, y la tercera paralela sería establecida y que tenía que ser extremadamente bien construida ya que a menudo ocupaba parte de los glacis del enemigo a unos cien metros o más desde sus posiciones adelantadas. Este era el momento en el que se podía esperar una máxima actividad del enemigo, ya que los defensores intentaban retrasar el progreso del asedio mediante el recurso del fuego, las inundaciones, las salidas, las incursiones, los bombardeos incesantes y las minas. Para minimizar el riesgo de estas últimas, los sitiadores excavaban las contraminas, buscando los túneles del enemigo: no eran desconocidas las horribles peleas subterráneas que tenían lugar a la luz de las antorchas y siempre estaban presentes los casos de partidas de mineros que eran enterrados vivos.

 
Maqueta. Tercera paralela y coronación del camino cubierto. (Hôtel des Invalides, Paris. - Sala de maquetas)
La progresión continúa hasta el pie del glacis, a una distancia de 40 metros de la plaza fuerte. Allí se construye la tercera y última paralela, que sólo que abarca el frente de ataque. Entonces las trincheras que se excavan se cruzan. Están defendidas por un parapeto, que ayuda a proteger a los granaderos encargados de liberar el camino cubierto de sus defensores. Cuando el camino cubierto está libre, los atacantes lo coronan con una serie de baterías de cañones, algunos se dirigen para hacer una brecha y otros para disparar hacia los lados y las caras de los bastiones para destruir los cañones de los defensores.


No eran tampoco estos peligros, y aquellos que representaban los proyectiles y balas de mosquete que disparaba el enemigo, los únicos peligros a que se enfrentaba un ejército sitiador. La enfermedad era un adversario tan temido como la guarnición enemiga o un ejército en combate. Las trincheras se convertían rápidamente en lugares insalubres, y  a menudo inundadas como ciénagas fangosas por las precipitaciones o el alto nivel de las capas freáticas. Las condiciones en su interior eran a menudo espantosas, como en el primer asedio de Burgos en 1812, cuando los Aliados se vieron una y otra vez inundados por las malas tormentas. Las muertes por enfermedad, o por lo menos incapacidades, eran el destino de muchos soldados e impresionaban a los trabajadores campesinos en los asedios de los siglos XVIII y principios del XIX. Por supuesto, a menudo podría ser necesario eliminar las posiciones enemigas antes de que se pudieran realizar las paralelas principales, de modo que toda una serie de operaciones de asedio subsidiarias, incluidos los asaltos a pequeña escala, estarían sucediéndose al mismo tiempo que las zanjas principales estaban siendo excavadas. Así, en Ciudad Rodrigo, las posiciones avanzadas francesas sobre el Gran Tesón*, particularmente Fort Renaud, tuvieron que ser tomadas por un golpe de mano en un fuerte ataque el 8 de enero de 1812, antes de que la primera paralela pudiera seriamente comenzarse al día siguiente. Todas estas operaciones tendían a aumentar el período de tiempo y costo de un asedio.

 
La infantería británica asalta la fortaleza de Ciudad Rodrigo durante la campaña española de Wellington. (d)


Con el tiempo, sin embargo, la serie de paralelas y accesos se habría completado, y los atacantes estarían firmemente situado en el glacis del enemigo. Los peligros de que las minas explotaran bajo sus pies obviamente aumentaban, pero los sitiadores, oliendo ya la posibilidad de éxito, ahora redoblaban sus esfuerzos para empujar las cabezas de zanja hacia el mismo borde y establecer la gran batería de brecha en una posición desde el cual pudiera comenzar a practicar una brecha, o una serie de brechas, en la línea principal de las defensas. Obviamente, se requerían piezas de gran calibre para esta tarea, los cañones de 32 pulgadas o piezas más grandes eran la norma. Tales armas eran muy difíciles de mover, y normalmente serían traídas por las barcazas cuando fuera posible al punto conveniente más cercano antes de ser arrastradas trabajosamente por tierra a la posición preparada de la batería. A veces, un ejército simplemente no poseía suficientes recursos de mano de obra o de artillería para estas tareas. El segundo asedio aliado de Badajoz (del 24 de mayo al 19 de junio de 1811) se malogró debido a una combinación de ambas carencias. Aunque los sitiadores superaron prácticamente las impenetrables superficies rocosas del lado noreste y se aproximaron a la ciudad construyendo fortificaciones y paralelas con fardos de lana, la única artillería pesada disponible eran armas de fuego portuguesas centenarias que con el uso pronto se deterioraron en sus bocas y se volvieron completamente inutilizables, mientras que el número total de zapadores presentes era de sólo tres sargentos, y dos docenas de cabos y soldados de los Ingenieros Reales. Un año más tarde, Wellington se aseguró de que hubiera una provisión adecuada tanto de cañones pesados ​​como de expertos. 

Asedio de Badajoz. (e)
Una vez establecidas, las baterías de brecha que disparaban casi incesantemente, y el efecto acumulativo de los incesantes impactos  sería desmenuzar las paredes de las defensas hasta que la brecha se hubiera convertido en una gradual pendiente de escombros. Cuando la brecha era considerada "practicable", el asedio entraría en su última etapa importante. Pero aquí se hace evidente la diferencia entre las convenciones de la guerra del siglo XVIII con Vauban y el cambio de actitud más contemporáneo. Montar un gran asalto a través de una brecha sin embargo extensa, contra una defensa decidida que utilizaba todos los medios mencionados anteriormente, era a menudo prohibitivamente caro en términos de vidas humanas. Esto había sido repugnante durante la "Edad de la Razón", y por lo tanto los asaltos importantes habían sido muy raros (aunque los menores contra los puestos avanzados, revellines, etc. se montaban frecuentemente). En cambio, en interés de conservar la vida humana, se había reconocido que cuando un asalto a escala completa por una brecha importante era inminente, el comandante defensor tenía derecho a reclamar "la chamade", a convocar una tregua y a negociar una capitulación en los mejores términos que pudiera obtener. Las rendiciones negociadas de este tipo no eran enteramente desconocidas en la Guerra Peninsular, sino que se habían convertido en la excepción más que en la regla debido a la actitud mucho menos complaciente de los comandantes franceses ya mencionados. De ahí la necesidad de los principales asaltos en Ciudad Rodrigo en las primeras horas del 19 de enero de 1812, la más notoria de Badajoz el 25 de marzo, los sangrientos intentos (en última instancia fracasados) de asaltar el Castillo de Burgos en el otoño del mismo año, y asaltar las defensas de San Sebastián (eventualmente con éxito) el 31 de agosto de 1813. 

Los asaltos a menudo eran terriblemente costosos. El de Ciudad Rodrigo fue comparativamente leve con 568 bajas aliadas, pero para capturar la gran brecha de Badajoz le costó a Wellington 2.500 hombres (además de otras 800 bajas sufridas en los ataques de apoyo que llevaron a un total de 4.760 bajas durante todo el asedio) en el espacio de dos horas se necesitaron para concluirlo más de cuarenta ataques por separado. La "lista sangrienta" de San Sebastián fue bastante menor 2.376 hombres muertos y heridos el 31 de agosto de un total de 3.700 víctimas sostenidas entre el día 8 del mes y la rendición final de la guarnición del castillo el 8 de septiembre después de 63 días de excavar zanjas. Por supuesto, las bajas de los defensores también pesaban mucho, pero no en la misma escala.


Asedio de Burgos en 1812, por François Joseph Heim. Óleo sobre lienzo. (f)

 

EL ASALTO FINAL Y LOS EPISODIOS DE BARBARIE

Este tipo de efusiones de sangre se habían evitado siempre que fue posible en generaciones anteriores. Para desalentar a defensores de luchar hasta el final, se habían establecido con el tiempo convenciones que permitían a un atacante, si se encontraba con el dilema de llevar a cabo un costoso y exitoso asalto, el tener ciertos "privilegios" (o el poder cometer atrocidades) cuando finalmente se apoderaba de la ciudad. Así, las vidas de la guarnición podían considerarse como pérdidas, y ciertos "derechos de soldado" de pillaje, violación e incendio eran la compensación ofrecida a la tropa por su esfuerzo y sacrificio. Eran los  recuerdos populares de estas convenciones, diseñadas para evitar la necesidad de costosos asaltos, transmitidas desde una generación de soldados a la siguiente, que explica en gran parte los terribles excesos perpetrados por soldados británicos y aliados en varias ocasiones en la Península.

San Sebastián. Monumento del Centenario, erigido
 en 1913 para conmemorar la destrucción de la villa
por las tropas anglo-portuguesas en junio de 1813
y su liberación al final del asedio. (g)
En Ciudad Rodrigo las tropas se descontrolaron durante casi un día dentro de la ciudad; a
unque no se mató a civiles españoles, hubieron muchos saqueo y borracheras, y fueron causados tres serios incendios ​​antes de que Picton restaurara el orden. En Badajoz, la situación fue infinitamente peor. Después de la agonía sostenida en la Gran Brecha, las tropas se volvieron locas durante tres días, e incluso la presencia de Wellington no pudo restaurar la disciplina. Se perpetraron terribles excesos contra los habitantes españoles que técnicamente los Aliados habían liberado de la ocupación francesa y no hay estimaciones claras de cuántos fueron asesinados y violados.

Los oficiales no podían restablecer el orden, y ni siquiera las ejecuciones y los azotes de los recalcitrantes hacían nada para controlar la orgía, que sólo se consumió a sí misma después de setenta y dos horas cuando el envío de tropas no involucradas reprimió con fuerza los desórdenes. Aunque menos célebre, las escenas que siguieron a la captura de San Sebastián fueron de algún modo aún peores. Allí el caos se reprodujo durante cinco días, y después de la conflagración culminante sólo quedó una docena de casas de pie en la ciudad. "Con excepción de diez o doce edificios afortunados", escribió un oficial, "no han quedado de San Sebastián más que las paredes de sus casas, y que se caen a cada momento". Relatos como estos deben poner en duda las cómodas y románticas ilusiones sobre la naturaleza de la campaña peninsular.

El ejército británico, al igual que todos los demás de la historia, tiene su sombrío recuerdo de Oradours y Mỹ Lais** y el hecho de que las atrocidades se realizaran en sangre caliente hace poco para paliar la naturaleza de estos delitos contra la humanidad. Es interesante notar que en Ciudad Rodrigo y San Sebastián las guarniciones resultaron mejor tratadas que los habitantes. En el primero, al General Barrie se le permitió entregarse a la cabeza de los 1.407 sobrevivientes de su guarnición, de un total inicial de 2.000 combatientes; en Badajoz, el general Phillipon y su guarnición, que se había retirado a la ciudadela de San Cristóbal en el clímax del asalto, recibieron igualmente condiciones razonables el 8 de abril, cuando la furia aliada disminuyó, mientras que en San Sebastián el general Roy fue incluso autorizado a marchar con honores de guerra el 8 de septiembre de 1813. Tales son las (de alguna manera extrañas) inconsistencias de la guerra de asedio como se libraba en el contexto de la Península. Pero todo sirva para demostrar que había demasiada verdad en el dictum del general William Tecumseh Sherman de fama y notoriedad en la Guerra Civil estadounidense, en el sentido de que "la guerra es el infierno". El paso del tiempo tiende misericordiosamente a destruir o incluso borrar muchos recuerdos mejores, pero no deben ser totalmente olvidados. Atrocidades aparte, es digno de mención que el ejército aliado perdiera más tropas emprendiendo los asedios de Badajoz y de San Sebastián que el ejército de Wellington en cualquier batalla de la Península con excepción de Talavera y Albuera. Por lo tanto, los asedios eran asuntos extremadamente costosos. Sin embargo, su estudio constituye un tema fascinante y gratificante para un devoto de la historia militar, una vez que ha dominado las principales formas y convenciones que rigen su conducta, y una vez que ha llegado a apreciar las razones que se esconden tras sus terribles consecuencias.




CRONOLOGÍA DEL TERCER ASEDIO DE BADAJOZ (COMO EJEMPLO DE UNA OPERACIÓN IMPORTANTE DE ASEDIO EN LA GUERRA PENINSULAR DESDE SU INICIO HASTA SU CONCLUSIÓN)


28 de enero de 1812

Wellington ordena que el tren de asedio se desplace desde Ciudad Rodrigo a Elvas.
Finales de febrero

Wellington y 60.000 hombres marchan hacia Badajoz y sus alrededores.
Principios de marzo

Los Aliados destacan a Graham con  19.000 hombres para vigilar contra cualquier intento del mariscal Soult desde el sur y también al general Hill con 14.000 tropas para controlar (desde Mérida) cualquier movimiento del mariscal Marmont desde el noreste. Estos destacamentos eran las fuerzas que cubrían el asedio, junto con una división de infantería y algo de caballería cerca de Ciudad Rodrigo.
17 de marzo

Badajoz (defendida por el general Phillipon con 4.333 hombres y 150 cañones aparte 667 enfermos y sirvientes) fuertemente defendida. La primera paralela empezó a 200 yardas del Fuerte Picurina en la colina de San Miguel durante una noche tormentosa
18 de marzo

El fuego francés destruye los parapetos británicos (que son reconstruidos).
19 de marzo
Los franceses extienden sus posiciones para enfilar las posiciones británicas. A la 1 del mediodía salida desde el Fuerte Picurina repelida con la pérdida de 150 hombres, el coronel Fletcher***, el oficial senior de los Reales Ingenieros, entre los heridos.
22 de marzo

Wellington extiende la primera paralela frente a la cara sureste de Badajoz a un alcance de 700 yardas, y contra el intento francés de flanquear sus líneas abriendo trincheras contra el Fuerte San Cristóbal. Los franceses abandonan el proyecto.
22 y 23 de marzo (noche)

Fuertes tormentas inundan las trincheras con una torrencial lluvia; los puentes de pontones británicos sobre Río Guadiana son destruidos por la crecida de las aguas.
24 de marzo
Los británicos completan la instalación de 6 baterías (28 cañones) en la primera paralela.
25 de marzo  (11 de la mañana)

Los cañones ingleses silencian y abren brecha en Fuerte Picurina; asaltado al anochecer con la pérdida de 250 hombres por bando. Un salida desde Badajoz es rechazada.
26 y 29 de marzo
Se excava la segunda paralela; se establecen nuevas baterías, una en  Fuerte Picurina.
30 de marzo
Treinta y ocho cañones pesados comienzan a martillear los bastiones de Santa María y Trinidad y el muro de unión. Ninguna mina puede ser encendida debido al desbordamiento.
6 de abril
Wellington es informado que tres brechas serían “practicables" al anochecer.
Marzo a abril
En otra parte, mientras tanto, Soult ataca (aunque está siendo satisfactoriamente contenido por la fuerza del general Graham), pero Marmont parece amenazar seriamente a Ciudad Rodrigo en el corredor norte. Wellington, en consecuencia, decide acelerar el asedio en Badajoz y ordena un asalto general.
7 de abril (10 de la noche)
"Forlorn Hope" de voluntarios penetra en las brechas para encontrar un mortífero fuego. Se suceden 40 asaltos separados por la 4ª división y la Ligera contra dos de las tres brechas repelidos con cuantiosas bajas. El general Picton y la 3ª división, intentan escalar el Castillo de Badajoz después de un fracaso inicial de esta parte de los ataques de diversión de Wellington.
(11:30 de la noche)
El general Leigh y la 5ª división, despues de 1 hora y media alcanza satisfactoriamente el objetivo  y entra en la ciudad por el lado noroeste. El comandante Wilson y 1.000 hombres asaltan la luneta de San Roque.
8 de abril (1 de la mañana)
Picton y Leith atacan entonces a los franceses que defendían la brecha desde el interior. La resistencia francesa se colapsa; Phillipon se retira a Fuerte de San Cristóbal.
(Aprox. las 3 de la mañana)
Badajoz cae en manos Aliadas.
8 de abril
Phillipon rinde el Fuerte San Cristóbal
8 al 11 de abril
El saqueo de Badajoz.




- - - o - - -

(*) - Una colina cercana conocida como «Gran Tesón», de una altura de 180 metros, dominaba la ciudad. Los franceses construyeron una fortaleza adicional en ese lugar. La defensa francesa, compuesta por 2.000 hombres, incluía batallones del 34º Regimiento Ligero y el 113º Regimiento de Infantería, una sección de zapadores, 167 artilleros y 153 cañones. (2)

(**) - Chandler hace alusión a la matanza de Oradour-sur-Glane en la 2ª Guerra Mundial, perpetrada por tropas alemanas SS en una comuna francesa y a la masacre de civiles que cometieron tropas norteamericanas en Vietnam en la localidad de Mỹ Lai.

(***) - Murió posteriormente en el asedio de San Sebastián.

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Fuentes:

(1) - http://www.deepfriedhappymice.com/html/bookrev_fletcher_penaspects.html, sobre una reseña de "Peninsular War, The: Aspects of the Struggle for the Iberian Peninsula", edited by Ian Fletcher, 1998, Spellmount Limited.
(2) - https://es.wikipedia.org/wiki/Sitio_de_Ciudad_Rodrigo_(1812)

Imágenes:

(a) -http://www.ebay.co.uk/itm/ANTIQUE-PRINT-PENINSULAR-WAR-SIEGE-OF-SAN-SEBASTIAN-GARRISON-1813-/122324838516
(b) - By Oman, Charles William Chadwick, Sir, 1860-1946 - https://www.flickr.com/photos/internetarchivebookimages/14579529387/Source book page: https://archive.org/stream/historyofpenins05oman/historyofpenins05oman#page/n210/mode/1up, No restrictions, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=44025999
(c) - http://maproom.org/00/13/present.php?m=-001
(d) - De Desconocido - Engraving from British Battles on Land and Sea by James Grant. Paris and New York: Cassell, Petter & Galpin, n.d., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8966809
(e) - By Internet Archive Book Images - https://www.flickr.com/photos/internetarchivebookimages/14579292280/Source book page: https://archive.org/stream/historyofpenins05oman/historyofpenins05oman#page/n296/mode/1up, No restrictions, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=43645858
(f) - By François Joseph Heim - Réunion des Musées Nationaux, N° d’inventaire: MV1764, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8435751
(g) - http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b6928271n/f1.item.r=si%C3%A8ges%20espagne.zoom

viernes, 25 de agosto de 2017

La guerra de asedio en la Península 1808-14, por David Chandler (I)


Os obsequiamos con la primera de dos entregas de un más que interesante artículo de David Chandler (1934-2004), profesor en la academia militar inglesa de Sandhurst, sobre la guerra de asedios en la Guerra de Independencia. Figura ya mítica entre los estudiosos de la época napoleónica por sus cuantiosos aportes literarios y pedagogicos de una calidad contrastada sobre la época,  The Telegraph glosó en un breve apunte la figura de Chandler en 2004: 

"David Chandler, que murió a los 70 años, fue durante 15 años jefe del departamento de estudios de guerra de la Real Academia Militar de Sandhurst y autor de un relato exhaustivo de las batallas de Napoleón que es improbable que se mejore, a pesar de tener una legión de rivales.

Las Campañas de Napoleón (1967), que se extiende a más de 1.000 páginas, es una buena y clara historia narrativa que satisface tanto a los expertos como a los lectores ordinarios. Chandler no sólo demuestra los orígenes de la "gran táctica" de Napoleón; también muestra cómo el Emperador creó sus fuerzas y empleó su genio para la improvisación con un éxito impresionante, hasta que los delirios sobre lo que era alcanzable lo llevaron al reino de lo imposible y llevaron a la derrota final en Waterloo.

El libro ha sido traducido a varios idiomas, aunque no al francés. Aun así, el general de Gaulle escribió a Chandler en francés declarando que había superado a todos los demás escritores que habían escrito sobre la carrera militar del emperador. El general Norman Schwarzkopf, el comandante estadounidense en la guerra de Irak de 1991, fue influenciado por Chandler; y muchos oficiales británicos de alto rango han sido sus discípulos. Hace dos años, el presidente Putin añadió sus alabanzas al autor, sin embargo, Chandler observó con ironía, que el libro no le había aportado ningún rublo desde que había sido pirateado en Rusia." (2)



"The Forlorn Hope* at Badajos" (1906), por Vereker Monteith Hamilton (a) 


INTRODUCCIÓN

David Chandler (b)
"Haz pocos asedios y libra muchas batallas", el mariscal francés Condé recibió una vez este consejo  del gran Turena en el siglo XVII; "cuando seas dueño del campo, los pueblos nos darán la ciudad". Este sabio consejo fue ignorado durante gran parte del siglo XVIII; las guerras de asedio y maniobras de ajedrez precedieron a la búsqueda de grandes batallas, hasta la época de Federico el Grande, aunque hubo algunos comandantes excepcionales, Marlborough, el príncipe Eugenio y Carlos XII entre ellos, que habitualmente buscaban lo que Clausewitz denominaría más tarde "la sangrienta solución de la crisis" cuando las circunstancias lo permitían.

Se afirma a menudo que la Revolución Francesa y las guerras napoleónicas vieron un cambio radical en estas actitudes y que los enfrentamientos a gran escala se convirtieron en la norma en lugar de la excepción. Esto es verdaderamente cierto para aquellas campañas llevadas a cabo por el mismo Napoleón después de 1796. El asedio de nueve meses de Mantua (mayo de 1796 - febrero de 1797), interrumpido dos veces y reanudado tantas veces, desilusionó totalmente al "pequeño cabo" sobre la conveniencia de los asedios como importantes puntos focales de las campañas. Y fue relativamente raro después - como, por ejemplo, los sitios de Génova en 1800, el de Danzig en 1807, o el bloqueo de Hamburgo en 1813-14 - que la guerra de asedio jugase un papel central, y esto la mayoría de las veces más que la insistencia de los enemigos de Francia. Un análisis de las estadísticas comparativas para los años 1680-1748 y 1749-1815 revela que el primer período tuvo 167 asedios importantes por 144 batallas, mientras que el segundo tuvo 289 de los primeros por 568 de las segundas. Así, el total respectivo cae desde la cercana paridad en el primer periodo de setenta años a una proporción de dos a uno a favor de la acción de la batalla en el segundo. La tendencia contra el tiempo y los costosos, elaborados asedios, es evidente a partir de estas figuras, y el comentario del conde de Orrery a finales de 1670 que "... hacemos la guerra más como zorros que como leones; tienes veinte asedios por una batalla" tuvo en gran medida que dar paso al dictado de Napoleón que "... sólo veo una cosa, el cuerpo principal del enemigo, que trato de aplastar, confiando en que los problemas secundarios se resolverán por sí mismos".

Una excepción importante a esta regla general fue la guerra en la Península, donde hubo 15 asedios y 19 batallas significativas en el período principal 1808-14 de siete años de lucha. Pueden sugerirse tres razones principales para esta variación de la tendencia europea general:

- Primero, los pueblos y ciudades de Portugal y España eran a menudo centros importantes de población, el gobierno local y el control fiscal - y su relativa escasez en estos países, básicamente inhóspitos y poco poblados, hicieron de su posesión -y su negación al enemigo- una cuestión de importancia estratégica. 

- En segundo lugar, Arthur Wellesley, sucesivamente conde, marqués y duque de Wellington, fue, a pesar de su merecida reputación como táctico y comandante de genio, esencialmente un comandante del siglo XVIII en su amplio concepto estratégico (salvo en su apreciación de la importancia central de la lucha guerrillera). A diferencia de Napoleón, cuyos conceptos estratégicos dinámicos e inescrupulosos eran cercanos a las campañas de blitzkrieg de 1939-1940 y 1967, "The Peer"** era esencialmente cauteloso y consciente de la administración. Sabía cuándo tenía que aceptar grandes riesgos, pero raramente se comprometía con ellos. Al igual que Montgomery, que rehuyó el ser atacado con prematuras ofensivas en el desierto occidental en 1942, Wellington sabía esperar hasta que todo estuviera listo antes de tomar la iniciativa. Avanzaba entonces con considerable prudencia, siempre asegurando que su triple sistema de abastecimiento (es decir, los barcos de río y los convoyes de bueyes en la retaguardia, los trenes de mulos intermedios y los trenes divisionales avanzados y el transporte regimental) estuviera en buen estado de funcionamiento. Para asegurar estas comunicaciones vitales, necesitaba tomar muchas ciudades que Napoleón simplemente habría bloqueado o incluso ignorado, y su incapacidad para emprender costosos asaltos en tales lugares (porque sus recursos militares tanto en términos de hombres como de equipo eran siempre inferiores a los de sus oponentes, al menos en el sentido cuantitativo) hizo inevitable el uso frecuente de la guerra de asedio. "Seguro más que arrepentido" fue la máxima guía de Wellington. 

- Y en tercer lugar, los buenos caminos eran escasos en la Península, los ríos navegables aún más raros, y el libre uso de los que estaban disponibles para la línea de avance del ejército o las comunicaciones de retaguardia hizo imperativo el control de muchas ciudades, enclavadas alrededor de los puentes principales de los ríos o, aún más considerablemente, de banda a banda en cruces vitales de las regiones montañosas e inhospitalarias que dividen Portugal de España.


EL CASO PARTICULAR DE LA PENÍNSULA

La geografía básica militar de la zona fronteriza española-portuguesa es importante para cualquier explicación de la guerra de asedio en la Guerra Peninsular. Esencialmente habían cuatro rutas que unían los dos países -dos basadas ​​en grandes ríos y dos en vías terrestres. El río Duero, el pasaje más septentrional sobre la región fronteriza, atraviesa un país difícil sin el beneficio de las carreteras principales; era difícil de navegar en sus tramos central y superior y no proporcionaba una línea de avance muy adecuada para ninguno de los dos ejércitos. Lejos al sur, las amplias aguas del mítico Tajo eran una propuesta muy diferente, y este río figura de manera significativa en estas campañas. Era la ruta más directa entre Lisboa y el lejano Madrid, y unas buenas carreteras se vinculaban con él. Sin embargo, también, había desventajas prácticas. Para los aliados que avanzaban desde su base de Lisboa, siempre existía el problema de moverse río arriba (como también el caso del Duero discurriendo del oeste) contra las corrientes. Además, la ciudad de Alcántara era un notable obstáculo al este de la frontera española. Para los franceses, el río planteaba iguales problemas, principalmente relacionados con la falta de una fuerza naval o fluvial capaz de desafiar a la Marina Real, cuyas flotillas de cañoneras y otras embarcaciones ejercían un control casi incuestionable de los límites del Tajo hacia el sur, garantizando un paso seguro para los convoyes de barcazas que llevaban material de guerra para el ejército de Wellington. Por lo tanto, en efecto, el Tajo proporcionaba un fuerte baluarte defensivo que custodiaba los accesos a Lisboa desde las direcciones de Cádiz y Badajoz, y una importante ruta de suministros para los aliados en muchas de sus campañas.

Sin embargo, la mayoría de las operaciones militares se centraron alrededor de los dos corredores terrestres. El más septentrional de estos pasaba por Almeida en la frontera portuguesa a través de una zona montañosa e inhóspita hacia Ciudad Rodrigo, en España. El corredor sur estaba igualmente dominado por las respectivas fortalezas de Elvas y Badajoz. El utilizar estos pasos libremente, implicaba tener la posesión de estas fortalezas clave - y aquí tenemos una razón importante para los asedios importantes asociados con los nombres de estos lugares. Hasta la fase final de las campañas (cuando el interés se desplazó hacia los lejanos Pirineos, donde San Sebastián, Pamplona, ​​Figueras y Perpiñán desempeñaron papeles similares como obstáculos en las dos carreteras principales uniendo España con Francia), estas cuatro ciudades fronterizas, dos españolas y dos portuguesas, tuvieron un papel determinante en la fortuna de sucesivas campañas. A partir de 1813, cuando Wellington cambió sus comunicaciones principales de Ciudad Rodrigo a Santander y (más tarde) los puertos cercanos de San Sebastián - utilizando la flexibilidad proporcionada por la Marina Real y los convoyes mercantes para vincular a Lisboa con la guerra por vía marítima - la importancia de los dos corredores se redujo, pero de 1809 a 1812 figuraban de manera prominente en el inicio de cada campaña, ya fuera aliada o francesa.


Zona fronteriza entre España y Portugal, con las zonas descritas por Chandler. Los ríos Duero y
Tajo  no se muestran en su totalidad, sólo hasta su paso a la altura de Madrid



Estas fueron, pues, las principales razones para que la Guerra Peninsular tuviera -proporcionalmente- más asedios que otras partes de la Europa desgarrada por la guerra en ese momento. Cabe mencionar también la desesperada defensa de muchos patriotas españoles en ciudades como Zaragoza, Barcelona y Gerona, cuyos enormes conventos e iglesias, serpenteantes y estrechas calles y caminos, obligaron a los franceses a recurrir a bloqueos y asedios formales en sus intentos de obtener un dominio real sobre el norte central y el norte de España, pero estas operaciones no son el tema principal de este artículo, aunque el significado central de la resistencia popular en tales lugares, asociado con la aún más vital guerrilla en la lucha en el campo, debe mantenerse constantemente en mente si las campañas de los ejércitos anglo-portugueses de Wellington y de Beresford tienen que ser estudiadas de una manera inteligible. Pues fue la combinación de la necesidad de montar operaciones continuas de contra-insurgencia junto con los requerimientos de grandes ejércitos en campaña para cumplir con las diversas incursiones aliadas y operaciones de asedio los que plantearon a los franceses un problema estratégico insoluble. Para contener a la guerrilla debían dispersarse para dominar el campo; para hacer frente a Wellington o para aliviar sus guarniciones sitiadas tuvieron que concentrar sus fuerzas, y así relajar mucho su control sobre las ciudades. Estos factores, junto con la inadecuada disposición del alto mando francés, explican el costo y el colapso final de la guerra francesa en la península. "Si creyera que costaría 80.000 hombres, no la emprendería", se había jactado Napoleón en 1808. En abril de 1814, la "úlcera española" habría representado más de 25.000 víctimas francesas, y sólo un poco más de una cuarta parte de ellas fueron directamente atribuibles a las pérdidas en batallas o asedios. La enfermedad y el asesinato representaron el resto en proporciones aproximadamente iguales. Pero si la guerra popular suponía una mayor presión para los franceses, es importante apreciar que sin la perturbadora situación de Wellington en la Península, la lucha guerrillera podría haber sido contenida por las 300.000 tropas francesas disponibles en 1812. Cada lucha característica tenía su propio papel para jugar - ambas interdependientes - y esto es igualmente cierto en los asedios de Wellington que inmovilizaron fuerzas francesas y de sus aliados por considerables períodos de tiempo, ayudando así a la extensión de lucha guerrillera.

 

LOS ASEDIOS EN SU CONCEPCIÓN

Las técnicas de la guerra de asedio habían cambiado poco durante un siglo y medio, y el gran maestro de Luis XIV en asedios, tanto en sus aspectos defensivos como en ofensivos, Sébastien le Prestre, Señor de Vauban, se habría sentido tan en su casa en las trincheras ante Badajoz o Burgos como en aquellas ante Mons, Tournai o Lille de su misma generación. Pero si las técnicas estaban en gran parte inalteradas, ciertas actitudes y convenciones habían cambiado bastante: la más notable quizás, la actitud de los comandantes franceses de las guarniciones que consideraban como su deber el ofrecer resistencia como en los siglos XVII y XVIII que permitían al defensor capitular en ciertas circunstancias sin pérdida alguna del honor militar.

Los asedios pueden dividirse en tres tipos principales: contenciones, bloqueos y regulares. Una contención implicaba dejar una fuerza -a menudo la caballería y la infantería ligera - para observar una fortaleza o ciudad menor que no era bastante importante para garantizar un asedio a gran escala. El papel de la fuerza de observación debía limitarse simplemente a vigilar la guarnición, e interceptarla si ésta intentaba impedirlo. Un bloqueo era un asunto más complicado, el objetivo del cual debía ser negar el fácil acceso al enemigo o la salida del lugar afectado. Así, se tenían que destinar partidas para bloquear todas las carreteras y caminos que conducían a la ciudad, colocar explosivos u otros obstáculos dispuestos a través de los ríos que discurrían por el lugar para interrumpir cualquier barco o tráfico de barcazas y, en general, enviar patrullas para vigilar el campo. Tal bloqueo raras veces sería totalmente efectivo: los individuos o aún pequeñas partidas podrían aún -a cualquier riesgo- abrir su camino hacia la ciudad evitando los caminos y esquivando patrullas pero, logísticamente, el lugar se hallaba aislado. Un bloqueo era siempre el paso preliminar para el establecimiento de un asedio regular. Éste, la categoría tercera y principal, era una operación que implicaba una tentativa a toda costa de capturar la ciudad en cuestión - por el hambre o por asalto después del fracaso de las tentativas de negociar una capitulación. Estos asedios regulares podrían durar períodos considerables de tiempo, implicando grandes cantidades de hombres, armas y otros equipos, y eran a menudo costosos en términos de víctimas de un sitiador - los estragos de las enfermedades en trincheras insalubres que creaban un riesgo tan significativo a la vida humana como los riesgos de un asalto local o general, o el día de día -las pérdidas de víctimas ocasionales por proyectiles enemigos.

Antes de la descripción paso a paso de la conducción de un asedio en la Península, es necesario considerar la naturaleza de las defensas en este período y las opciones abiertas a una guarnición para proseguir la defensa de una manera vigorosa. En un sentido muy real, la ventaja a menudo se situaba del lado de la defensa - considerando que los suministros de la guarnición fueran suficientemente abundantes y que tuviera adecuadas provisiones para las necesidades, tanto de los soldados como (más bien menos importante, pero todavía un factor para ser tenido en cuenta) de cualquier población paisana en la ciudad. Naturalmente era también necesario que las defensas estuvieran en buenas condiciones de mantenimiento. Finalmente, tener al menos alguna perspectiva de auxilio por una fuerza amistosa - un ejército de campaña capaz de marchar dentro de la zona del asedio con efectivos suficientes para repeler a las partidas en el bloqueo y de esta manera forzar el abandono de los trabajos de asedio por parte de las fuerzas sitiadoras.

Sólo raras veces todas estas condiciones podían obtenerse pero aún una combinación de ellas podría garantizar una férrea defensa - siempre con el buen ánimo de la guarnición. Durante el conflicto peninsular, las guarniciones francesas generalmente disfrutaban de una moral alta - aunque la conclusión abrupta del segundo sitio de Burgos, después de sólo dos días completos de operación de asedio en junio de 1813, sea un ejemplo del caso contrario. Las guarniciones aliadas tenían un registro más variable: Almeida fue rendida antes de tiempo al mariscal Ney por el general de brigada Cox el 28 de agosto de 1810, después de sólo 12 días - aunque la explosión del almacén principal el día anterior contribuyera a ello decisivamente. Por otra parte, una guarnición aliada de 25,000 hombres (incluyendo 9,000 tropas británicas y portuguesas) demostró ser capaz de sostener Cádiz por dos años y medio - aunque la mayor parte de aquel tiempo los franceses solo fueran lo bastante fuertes para imponer un bloqueo más bien que conducir un asedio regular, y la guarnición también disfrutó de la ventaja inestimable del contacto periódico con el mundo exterior por medio de la Marina Real británica, que nunca se vio completamente privada de acceso al puerto.

Desde tiempos inmemoriales, las fortificaciones han sido diseñadas para cumplir con ciertos principios:

- En primer lugar, deben dar protección contra el fuego enemigo tanto para la guarnición como para los habitantes de la ciudad, y que cualquier intento de asalto resulte extremadamente peligroso para el atacante.

- Segundo, las defensas existentes deben estar diseñadas para hacer el mayor uso posible de la tierra sobre la que están construidas con el fin de mantener al atacante, sobre todo su artillería, a distancia.

- En tercer lugar, deben ofrecer a los defensores buenos campos de tiro en todas las direcciones - de naturaleza en enfilada siempre que sea posible.

- En cuarto lugar, deberían ser lo suficientemente fuertes para mantener a los sitiadores a raya hasta que una fuerza de ayuda amiga pudiera ser organizada y llevada a levantar el sitio - en otras palabras, las defensas deben ser capaces de ganar tiempo.

- Y, por último, deberían diseñarse para permitir que la guarnición hiciera una defensa activa -por medio de salidas y otros artificios- como un medio para ganar tiempo ambos y recuperar de alguna manera la iniciativa de manos del enemigo.

A medida que la artillería se hacía más poderosa en su potencia destructiva y más larga en su alcance, el diseño de las fortificaciones se adaptó a las nuevas circunstancias. Para reducir al mínimo el efecto del tiro directo o indirecto, las defensas tendieron a hundirse en la tierra más que a sobrepasarla, y se confiara más en las zanjas amplias y profundas, protegiendo los profundos bastiones y otras defensas con un estudiado campo de tiro, antes que sobre los altos muros de épocas anteriores. Cuanto más poderosas se hicieron las armas, más complicados se convirtieron los trabajos necesarios para mantenerlas en una razonablemente respetable distancia. Por lo tanto, era costumbre encontrar sucesivas líneas de defensa que se extendían alrededor de una fortaleza o ciudad. El total de sus complejidades no se pueden describir aquí, pero las principales características merecen una mención. La defensa externa más importante eran las características topográficas que guardaban las cercanías a la ciudad. Así, en Badajoz, el Fuerte San Cristóbal que se encontraba más allá del Río Guadiana, y el Fuerte Picurina (o Pardaleras - en la Sierra de Viento) - en un terreno alto en el lado sur de la pueblo. Esas defensas debían ser tomadas - o al menos controladas - por un sitiador antes de que este pudiera enfrentarse a las principales fortificaciones posteriormente.

 

LAS DEFENSAS DE UNA FORTALEZA

La línea externa de la traza de defensa principal comprendía el glacis - un área de terreno nivelado de hasta 200 yardas (unos 188 m) de ancho - que dejaba a un atacante sin cobertura alguna de vista o fuego. En el lado interior de este se construía un "camino cubierto" - un sistema de empalizadas y posiciones de tiro que protegían un camino que recorría todo el perímetro alrededor de la fortaleza, lo que daba a la guarnición la oportunidad de mover sus fuerzas de un sector a otro con la máxima velocidad cuando surgiera la necesidad. Más allá del camino cubierto, llegaba la primera zanja, quizá de treinta pies (unos 9 m.) de profundidad y de ancho, con estacas afiladas en el fondo si no estaba llena de agua, protegiendo las escarpadas paredes de los revellines vecinos, las semi-lunas y otras defensas situadas en el centro del complejo de zanjas para proporcionar a los defensores plataformas de tiro y al mismo tiempo una medida de protección física para el bastión principal (o muro cortina) más allá.



Sección tipo de una fortaleza estilo Vauban con sus partes (c)
 

Detrás de estos revellines se extendía la zanja principal, tal vez de unos sesenta pies o más de ancho y treinta pies de profundidad (unos 18 m de ancho y 9 metros de profundidad), húmedo o seco según las circunstancias. En su contraescarpa (o en la pared externa) se encontraban galerías internas con huecos que dominaban el pie de la zanja y el lado escarpado (o interior) de la misma. Situadas en revellines y otras obras, cerca del pie de la zanja, habrían caponeras - puestos de fuego diseñados para barrer una buena longitud de los fosos, transversalmente. Luego, más allá de estas defensas, se alzaba la pared escarpada vertical y, por encima de esta, los macizos bastiones de piedra y cortinas de muros unidos a ellos. Los bastiones usualmente presentaban caras inclinadas en la zanja, y estaban construidos masivamente. El muro de piedra se construía de unos sesenta pies (unos 18 m) de escombros y tierra, cuya cohesión a largo plazo mejoraba aún más plantando hierba tosca y árboles tipo sauce para que sus raíces pudieran consolidar la tierra más firmemente. Encima de estos bastiones estaban las plataformas de artillería, provistas de grandes aspilleras para los cañones. A lo largo de cresta del bastión discurría un camino de vigilancia, a menudo provisto de ocasionales garitas para centinelas.



Plano y partes de una fortaleza tipo estilo Vauban. (d)



Detrás de los bastiones grandes rampas a los lados procuraban una vía hasta la ciudad interior, y el acceso a las paredes de la cortina se efectuaba igualmente por las escaleras. En estas defensas se encontrarían algunos lugares y plazas de armas donde la guarnición podría reunirse. Muy a menudo, otra línea interior de defensa podría trazarse dentro de este complejo, ya fuera diseñada en líneas similares o incorporando viejas murallas de la ciudad, como a lo largo del sector norte de Badajoz. Por último, se dotó a cada fortaleza importante de una ciudadela o castillo, una entidad defensiva autónoma incorporada en la traza principal del recinto que proporcionaba a la guarnición un último refugio en caso de que se viera forzada a abandonar las principales defensas y la ciudad. Los caminos que entraran en la ciudad estarían dominados por tetes-du-pont especiales y por barbacanas, y provistos de puentes y diversas formas de barricadas.

En conjunto, tales defensas constituían una serie formidable de obstáculos para un atacante, siempre que la guarnición fuera bastante numerosa, bien abastecida y decidida. Por otra parte, un defensor decidido no se permitiría limitarse a una defensa pasiva si conocía su trabajo. Se prepararían por adelantado una serie de minas de diferentes tamaños antes de cualquier asedio bajo los puntos más obvios, a menudo bajo el glacis y a veces incluso debajo de revellines y otras obras de defensa. Una serie de túneles unirían estas minas a las defensas principales, y los barriles apilados de pólvora podrían encenderse desde dentro del baluarte por medio de mechas y pistas de pólvora. A continuación, un defensor podría usar las numerosas estrechas puertas de salida para enviar fuertes partidas de ataque para atacar a los asaltantes, explotar sus baterías y derruir sus trincheras, infligiendo tanto caos como fuera posible en ambos, hombres y materiales, antes de retirarse nuevamente dentro de los muros.

Lámina mostrando un caballo de frisa o frisia. (e)
Tales medidas fueron empleadas por la defensa tanto en Ciudad Rodrigo como en Badajoz y muchas otros asedios peninsulares. Incluso cuando se había abierto una brecha en las defensas principales, un defensor podía rápidamente colocar minas debajo de ellas, caballos de frisia (troncos de madera con picas y hojas de espada clavadas) y tablones engrasados encima y excavar cuidadosamente una serie improvisada de defensas dentro de la brecha, lo que hacía que una tentativa de asalto general a través de la misma fuera una perspectiva desalentadora para un ejército sitiador. Por supuesto, en los tiempos más caballerescos del siglo XVIII, tales asaltos eran raros, porque las convenciones de guerra declaraban que un defensor que se había mantenido durante 48 días, y que tenía una brecha "practicable" en sus principales defensas (es decir, una cuya caída de escombros formara una cuesta suficientemente suave para permitir que un soldado atacante se subiera sin tener que usar sus manos para hacerlo) tenía pleno derecho a entablar negociaciones con el comandante atacante y a concertar una capitulación mutuamente aceptable sobre las mejores condiciones que se pudieran conseguir. Este no fue el caso en la mayoría de los asedios peninsulares, sin embargo, para los comandantes defensores, imbuidos de lealtad a Napoleón y del temor de su ira, entendían que su deber era resistir a ultranza, cuyo resultado en Badajoz comentaremos un poco más tarde.


En la brecha en Badajoz (f)



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(*) Para una buena descripción de lo que era un "Forlorn hope" que puede ser traducido por "vana esperanza", referirnos a nuestra entrada sobre Gordon Corrigan y Waterloo.

(**) Alusión a Wellington por su título de "Par" aludiendo a su membresía asociada a la nobleza británica.



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Fuentes:

- http://www.deepfriedhappymice.com/html/bookrev_fletcher_penaspects.html, sobre una reseña de "Peninsular War, The: Aspects of the Struggle for the Iberian Peninsula", edited by Ian Fletcher, 1998, Spellmount Limited.
- http://www.telegraph.co.uk/news/obituaries/1476163/David-Chandler.html

Imágenes:

(a) - http://www.gettyimages.es/detail/fotograf%C3%ADa-de-noticias/the-forlorn-hope-at-badajos-1906-british-troops-fotograf%C3%ADa-de-noticias/588437129?esource=SEO_GIS_CDN_Redirect#the-forlorn-hope-at-badajos-1906-british-troops-at-the-siege-of-in-picture-id588437129
(b) - http://www.esferalibros.com/uploads/imagenes/autores/principal/201506/principal-foto-david-chandler-instituto-napoleonico-es_med.jpg
(c) - http://all.web.pagesperso-orange.fr/fortifications/pages/page-technique.html
(d) - Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=30077
(e) - http://maproom.org/00/13/present.php?m=-001
(f) - http://gutenberg.net.au/ebooks14/1403061h-images/battles-5.jpg